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Terra
La Coctelera

GUATEMALA; LA VERDAD INCONVENIENTE.

LA VERDAD INCOMODA.

5 Mayo 2012

Recuerdos De La Guerra Civil Española

George Orwell

I

En primer lugar los recuerdos físicos, los ruidos, los olores, la superficie de los objetos. Es curioso, pero lo que recuerdo más vivamente de la guerra es la semana de supuesta instrucción que recibimos antes de que se nos enviara al frente: el enorme cuartel de caballería de Barcelona, con sus cuadras llenas de corrientes de aire y sus patios adoquinados; el frío glacial de la bomba de agua donde nos lavábamos; la asquerosa comida que tragágamos gracias al vino abundante; las milicianas con pantalones que partían leña y la lista que pasaban al amanecer, en la que mi prosaico nombre inglés era una especie de interludio cómico entre los sonoros nombres españoles: Manuel González, Pedro Aguilar, Ramón Fenellosa, Roque Ballester, Jaime Doménech, Sebastián Viltrón y Ramón Nuvo Bosch, cuyos nombres cito en particular porque recuerdo sus caras. Exceptuando a dos que eran escoria y que sin duda serán ahora buenos falangistas, es probable que todos estén muertos. El más viejo tendría unos veinticinco años; el más joven, dieciséis.

Una experiencia esencial en la guerra es la imposibilidad de librarse en ningún momento de los malos olores de origen humano. Hablar de las letrinas es un lugar común de la literatura bélica, y yo no las mencionaría si no fuera porque las de nuestro cuartel contribuyeron a desinflar el globo de mis fantasías sobre la guerra civil española. La letrina ibérica en la que hay que acuclillarse ya es suficientemente mala en el mejor de los casos, pero las del cuartel estaban hechas con una piedra pulimentada tan resbaladiza que costaba lo suyo no caerse. Además, siempre estaban obstruidas.

En la actualidad recuerdo muchísimos otros pormenores repugnantes, pero creo que fueron aquellas letrinas las que me hicieron pensar por primera vez en una idea sobre la que volvería a menudo: «somos soldados de un ejército revolucionario que va a defender la democracia del fascismo, a librar una guerra por algo concreto, y sin embargo, los detalles de nuestra vida son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en una cárcel, y no digamos en un ejército burgués». Ulteriores experiencias confirmaron esta impresión; por ejemplo, el aburrimiento, el hambre canina de la vida en las trincheras, las vergonzosas intrigas por hacerse con las sobras del rancho, las mezquinas y fastidiosas peleas en las que se enzarzaban hombres muertos de sueño.

El carácter de la guerra en la que se combate afecta muy poco al horror esencial de la vida militar (todo el que haya sido soldado sabrá qué entiendo por el horror esencial de la vida militar). Por ejemplo, la disciplina es idéntica, en última instancia, en todos los ejércitos. Las órdenes se tienen que obedecer y cumplir con castigos si es preciso, y las relaciones entre mandos y tropa han de ser relaciones entre superiores e inferiores. La imagen de la guerra que se presenta en libros como Sin novedad en el frente es auténtica en lo fundamental. Las balas duelen, los cadáveres apestan, los hombres expuestos al fuego enemigo suelen estar tan asustados que se mojan los pantalones. Es cierto que el fondo social del que brota un ejército influye en su adiestramiento, en su táctica y en su eficacia general, y también que la conciencia de estar en el bando justo puede elevar la moral, aunque este factor repercute más en la población civil que en los combatientes (la gente olvida que un soldado destacado en el frente o en los alrededores suele estar demasiado hambriento, o asustado, o helado, o -por encima de todo- demasiado cansado para preocuparse por las causas políticas de la guerra). Pero las leyes de la naturaleza son tan implacables para los ejércitos «rojos» como para los «blancos». Un piojo es un piojo y una bomba es una bomba, por muy justa que sea la causa por la que se combate.

¿Por qué vale la pena señalar cosas tan evidentes? Porque la intelectualidad británica y estadounidense no reparaba en ellas entonces, como tampoco lo hace en la actualidad. Nuestra memoria flaquea en los tiempos que corren, pero retrocedamos un poco, excavemos en los archivos del New Masse o del Daily Worker y echemos un vistazo a la romántica basura belicista que nuestros izquierdistas nos lanzaban antaño. ¡Cuánto tópico! ¡Cuánta insensibilidad y falta de imaginación! ¡Con qué indiferencia afrontó Londres el bombardeo de Madrid!

No me estoy refiriendo a los contrapropagandistas de derecha, los Lunn, Garvin y otras hierbas, que aquí se dan por descontado. Me refiero a las mismísimas personas que durante veinte años habían abucheado y criticado la «gloria» de la guerra, los relatos de atrocidades, el patriotismo, incluso el valor físico, con unos argumentos que habrían podido publicarse en el Daily Mail en 1918 cambiando unos cuantos nombres. Si con algo estaba comprometida la intelectualidad británica era con la versión desacreditadora de la guerra, con la teoría de que una contienda se reduce a cadáveres y letrinas y de que nunca conduce a nada bueno. Pues bien, las mismas personas que en 1933 sonreían con desdén cuando se les decía que en determinadas circunstancias había que luchar por la patria, en 1937 lo acusaban públicamente a uno de trotskifascista si insinuaba que las anécdotas que publicaba el New Masse sobre los recién heridos que pedían a gritos volver al combate quizás fueran exageradas. Y la intelectualidad izquierdista pasó de decir «la guerra es horrible» a decir «la guerra es gloriosa», no sólo sin el menor sentido de la coherencia, sino casi sin transición. Casi todos sus miembros darían después otros golpes de timón igual de bruscos. Porque tuvieron que ser muchos, algo así como el cogollo de la intelectualidad, los que aprobaron la declaración «Por el rey y la patria» de 1935, pidieron a gritos una «política firme» frente a Alemania en 1937, apoyaron a la Convención del Pueblo en 1940 y hoy exigen un «segundo frente».

En las masas, los extraordinarios cambios de opinión que hay en la actualidad, las emociones que se pueden abrir y cerrar como un grifo, son un efecto de la hipnosis que producen la prensa y la radio. En los intelectuales, yo diría que son efecto del dinero y de la seguridad personal pura y simple. En un momento dado pueden ser belicistas o pacifistas, pero en ninguno de los dos casos tienen una idea realista de lo que es la guerra. Cuando se entusiasmaron con la guerra civil española sabían, como es lógico, que había gente que mataba a otra gente y que morir así es desagradable, pero pensaban que la experiencia de la guerra no era en cierto modo humillante para un soldado del ejército republicano español. Las letrinas olían mejor, la disciplina era menos irritante. No hay más que echar un vistazo al New Statesman para comprobar que se lo creían: idénticas paparruchas se escriben sobre el Ejército Rojo en la actualidad.

II

Nos hemos vuelto demasiado civilizados para ver lo evidente. Porque la verdad es muy sencilla: para sobrevivir, a menudo hay que luchar; y para luchar, hay que mancharse las manos. La guerra es mala y es, con frecuencia, el mal menor. Los que tomen la espada, perecerán por la espada; y los que no la tomen, perecerán de enfermedades malolientes. El hecho de que valga la pena recordar aquí este lugar común revela lo que han producido en nosotros estos años de capitalismo de rentistas.

En relación con lo que acabo de decir, una breve nota sobre atrocidades:

Tengo poco conocimiento directo de las atrocidades que se cometieron en la guerra civil española. Sé que los republicanos fueron responsables de algunas y que los fascistas lo fueron de muchas más (y todavía siguen en ello). Pero lo que me llamó mucho la atención por aquellas fechas, y sigue llamándomela desde entonces, es que los individuos se creen las atrocidades o no se las creen basándose única y exclusivamente en sus inclinaciones políticas. Todos se creen las atrocidades del enemigo y no dan crédito a las que se cuentan del bando propio, sin molestarse en analizar las pruebas.

Hace poco, elaboré una lista de atrocidades cometidas entre 1918 y el presente ; no pasó un año sin que se cometieran en alguna parte y no había prácticamente ningún caso en el que la derecha y la izquierda creyeran las mismas historias al mismo tiempo. Y, lo que es más curioso aún, en cualquier momento se puede revertir la situación de manera radical y hacer posible que la atrocidad totalmente demostrada de ayer mismo se convierta en una mentira absurda, sólo porque haya cambiado el panorama político.

En la guerra actual, estamos en la curiosa situación de que emprendimos nuestra campaña contra las atrocidades mucho antes de que se iniciase el conflicto, y la emprendió sobre todo la izquierda, la gente que acostumbra a enorgullecerse de su incredulidad. En el mismo periodo, la derecha, divulgadora de las atrocidades en 1914-1918, observaba la Alemania nazi y se negaba de plano a ver ningún peligro en ella. Pero cuando la guerra estalló, fueron los pronazis de ayer los que se pusieron a repetir cuentos de miedo, mientras que los antinazis se quedaban de pronto dudando de si la Gestapo existía en realidad. No fue sólo por el pacto germano-soviético. Por un lado, fue porque antes de la guerra la izquierda había confiado erróneamente en que Gran Bretaña y Alemania no llegarían a enfrentarse; por tanto, podía ser antialemana y antibritánica al mismo tiempo. Y por el otro, fue porque la propaganda bélica oficial, con su hipocresía y fariseísmo nauseabundos, siempre consigue que la gente sensata simpatice con el enemigo.

Parte del precio que pagamos por las mentiras sistemáticas de 1914-1918 fue la exagerada reacción germanófila que siguió. Entre 1918 y 1933, a uno lo abucheaban en los círculos izquierdistas si insinuaba que Alemania había tenido siquiera una mínima responsabilidad en el estallido del conflicto. En todas las condenas de Versalles que oí durante aquellos años no recuerdo que nadie preguntara qué habría pasado si Alemania hubiera vencido, y menos aún, que se comentara la posibilidad. Lo mismo cabe decir de las atrocidades. Es sabido que la verdad se vuelve mentira cuando la formula el enemigo. Últimamente he comprobado que las mismas personas que se tragaron todos los cuentos de miedo sobre los japoneses en Nanking, en 1937, se han negado a creer los mismos cuentos en relación con Hong Kong en 1942. Incluso se notaba cierta tendencia a creer que las atrocidades de Nanking se habían vuelto retrospectivamente falsas -por así decirlo- porque el gobierno británico llamaba ahora la atención sobre ellas.

Pero, por desgracia, la verdad sobre las atrocidades es mucho peor que las mentiras que se inventan al respecto y con las que se hace la propaganda. La verdad es que se producen. Lo único que consigue el argumento que se aduce a menudo como motivación para el escepticismo -que en todas las guerras se divulgan las mismas historias- es aumentar las probabilidades de que las historias sean ciertas. Sin duda se trata de fantasías muy extendidas y la guerra proporciona una oportunidad para ponerlas en práctica. Además, aunque ya no esté de moda decirlo, no se puede negar que los que en términos generales llamamos «blancos» cometen muchas más y peores atrocidades que los «rojos».

El comportamiento de los japoneses en China, por ejemplo, constituye una prueba. Tampoco caben muchas dudas sobre la larga lista de barbaridades que han cometido los fascistas en Europa en los últimos diez años. Hay una cantidad enorme de testimonios y una parte respetable de los mismos procede de la prensa y la radio alemanas. Estos hechos ocurrieron realmente, y esto es lo que no hay que perder de vista. Ocurrieron incluso a pesar de que lord Halifax dijera que ocurrían. Violaciones y matanzas en ciudades chinas, torturas en sótanos de la Gestapo, ancianos profesores judíos arrojados a pozos negros, ametrallamiento de refugiados en las carreteras españolas. Todas esas cosas sucedieron y no sucedieron menos porque el Daily Telegraph las descubra de pronto con cinco años de retraso.

III

Dos recuerdos, uno que no demuestra nada en concreto y otro que creo que permite entrever el clima reinante en un periodo revolucionario. Cierta madrugada, uno de mis compañeros y yo habíamos salido a disparar contra los fascistas en las trincheras de las afueras de Huesca. Entre su línea y le nuestra había trescientos metros, una distancia a la que era difícil acertar con nuestros anticuados fusiles; pero si se acercaba uno arrastrándose a un punto situado a unos cien metros de la trinchera fascista, a lo mejor, con un poco de suerte, le daba a alguien por una grieta que había en el parapeto.

Por desgracia, el terreno que nos separaba de allí era un campo de remolachas llano y sin más protección que unas cuantas zanjas, y había que salir cuando todavía estaba oscuro y volver justo después del alba, antes de que hubiera buena luz. Aquella vez no vimos a ningún fascista; nos quedamos demasiado tiempo y nos sorprendió el amanecer. Estábamos en una zanja, pero detrás de nosotros había doscientos metros de terreno llano donde difícilmente se habría podido esconder un conejo. Todavía andábamos infundiéndonos ánimos para echar una carrera cuando oímos mucho alboroto y silbatos en la trinchera fascista: se acercaban aviones nuestros. De pronto, un hombre, al parecer con un mensaje para un oficial, salió de un salto de la trinchera y corrió por encima del parapeto, a plena luz. Iba vestido a medias y mientras corría se sujetaba los pantalones con ambas manos. Contuve el impulso de dispararle. Es cierto que soy mal tirador y que es muy difícil dar a un hombre que corre a cien metros de distancia, y además yo estaba pensando sobre todo en volver a nuestra trinchera aprovechando que los fascistas estaban pendientes de los aviones. Sin embargo, si no le disparé fue por el detalle de los pantalones. Yo había ido allí a pegar tiros contra los «fascistas», pero un hombre al que se le caen los pantalones no es un «fascista»; es, a todas luces, otro animal humano, un semejante, y se le quitan a uno las ganas de dispararle.

¿Qué demuestra este episodio? Poca cosa, porque estos incidentes se producen continuamente en todas las guerras. El que viene ahora es distinto. Supongo que contándolo no conmoveré a los lectores, pero pido que se me crea si digo que me conmovió a mí, ya que fue un incidente característico del clima moral de un periodo concreto.

Un recluta que se incorporó a nuestra unidad mientras estábamos en el cuartel era un joven de los suburbios de Barcelona, de aspecto salvaje. Iba descalzo y vestido con andrajos. Era muy moreno -sangre árabe, me atrevería a decir- hacía gestos que no suelen hacer los europeos; uno en concreto (el brazo estirado, la palma vertical) era típico de los hindúes. Un día me robaron de la litera un haz de puros de los que todavía se podían comprar muy baratos. Con no poca imprudencia, di parte al oficial y uno de los granujas a los que ya me he referido se apresuró a adelantarse y dijo que a él le habían robado veinticinco pesetas, cosa completamente falsa. Por la razón que fuera, el oficial llegó a la conclusión de que el ladrón había sido el joven de tez morena. El robo era un delito grave en las milicias y en teoría se podía fusilar a un ladrón.

El pobre muchacho se dejó conducir al cuerpo de guardia para ser registrado. Lo que más me llamó la atención fue que apenas se quejó. En el fatalismo de su actitud se percibía la terrible pobreza en que se había criado. El oficial le ordenó que se desnudara. Con una humildad que me resultó insoportable, se quitó la ropa, que fue registrada. En ella no estaban ni los puros ni el dinero; la verdad es que el muchacho no los había robado. Lo más doloroso fue que parecía igual de avergonzado incluso después de haberse demostrado su inocencia. Aquella noche lo invité al cine y le di brandy y chocolate, pero la operación no fue menos horrible; me refiero a pretender borrar una ofensa con dinero. Durante unos minutos yo había creído a medias que era un ladrón y esa mancha no se podía borrar.

Pues bien, unas semanas después, estando en el frente, tuve un altercado con un hombre de mi sección. Yo era cabo por entonces y tenía doce hombres a mi mando. Estábamos en un periodo de inactividad, hacía un frío espantoso, y mi principal cometido era que los centinelas estuvieran despiertos y en sus puestos. Cierto día, un hombre se negó a ir a determinado puesto, que según él estaba demasiado expuesto al fuego enemigo, cosa que era cierta. Era un individuo débil, así que lo cogí del brazo y tiré de él. El gesto despertó la indignación de los demás, porque me da la sensación de que los españoles toleran menos que nosotros que les pongan las manos encima. Al instante me vi rodeado de hombres que me gritaban: «¡Fascista! ¡Fascista! ¡Déjalo en paz! Esto no es un ejército burgués. ¡Fascista!», etcétera. En mi mal español, les expliqué lo mejor que pude que las órdenes estaban para cumpirlas. La polémica se convirtió en una de esas discusiones tremendas mediante las que se negocia poco a poco la disciplina en los ejércitos revolucionarios. Unos decían que yo tenía razón; otros, que no. La cuestión es que el que se puso de mi parte de forma más incondicional fue el joven de tez morena. En cuanto vio lo que pasaba, se plantó en medio del corro y se puso a defenderme con vehemencia. Haciendo aquel extraño e intempestivo gesto hindú, repetía sin parar: «¡No hay un cabo como él!». Más tarde solicitó un permiso para pasarse a mi sección.

¿Por qué me resulta conmovedor ese incidente? Porque en circunstancias normales habría sido imposible que se restablecieran las buenas relaciones entre nosotros . Con mi afán por reparar la ofensa no sólo no habría mitigado la acusación tácita de ladrón, sino que a buen seguro la habría agravado. Un efecto de la vida civilizada y segura es el desarrollo de una hipersensibilidad que acababa considerando repugnantes todas las emociones primarias. La generosidad es tan ofensiva como la tacañería; la gratitud, tan odiosa como la ingratitud. Pero quien estaba en la España de 1936 no vivía en una época normal, sino en una época en la que los sentimientos y detalles generosos surgían con mayor espontaneidad.

Podría contar una docena de episodios parecidos, en apariencia insignificantes pero vinculados en mi recuerdo con el clima especial de la época, con la ropa raída y los carteles revolucionarios de colores alegres, con el empleo general de la palabra «camarada», con las canciones antifascistas impresas en un papel pésimo, que se vendían por un penique, con expresiones como «solidaridad proletaria internacional», repetidas conmovedoramente por analfabetos que creían que significaba algo.

¿Sentiríamos simpatía por otro y nos pondríamos de su parte en una pelea después de haber sido ignominiosamente registrados en su presencia, en busca de objetos que se sospechaba que le habíamos robado? No, desde luego que no; sin embargo, podríamos sentir y obrar de este modo si los dos hubiéramos pasado una experiencia emocionalmente enriquecedora. Es una de las consecuencias de la revolución, aunque en este caso sólo había un barrunto de revolución y estaba a todas luces condenado, de antemano, al fracaso.

IV

La lucha por el poder entre los partidos políticos de la España republicana es un episodio desdichado y lejano que no tengo ningún deseo de revivir en estos momentos. Lo menciono sólo para decir a continuación: no creáis nada, o casi nada, de lo que leáis sobre los asuntos internos en el bando republicano. Sea cual fuera el origen de la información, todo es propaganda de partido, es decir, mentira. La verdad desnuda sobre la guerra es muy simple. La burguesía española vio la ocasión de aplastar la revolución obrera y la aprovechó, con ayuda de los nazis y de las fuerzas reaccionarias de todo el mundo. Aparte de eso, es dudoso que pueda demostrarse nada.

Recuerdo que en cierta ocasión le dije a Arthur Koetsler: «La historia se detuvo en 1936». Él lo comprendió de inmediato y asintió con la cabeza. Los dos pensábamos en el totalitarismo en general, pero más concretamente en la guerra civil española. Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Vi informar sobre grandiosas batallas cuando apenas se había producido una refriega, y silencio absoluto cuando habían caído cientos de hombres. Vi que se calificaba de cobardes y traidores a soldados que habían combatido con valentía, mientras que a otros que no habían visto disparar un fusil en su vida se los tenía por héroes de victorias inexistentes; y en Londres, vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales sobre acontecimientos que jamás habían tenido lugar.

En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas «líneas de partido». Sin embargo, y por horrible que fuera, hasta cierto punto no importaba demasiado. Afectaba a asuntos secundarios, a saber: a la lucha por el poder entre la III Internacional y los partidos izquierdistas españoles, y a los esfuerzos del gobierno ruso por impedir la revolución en España. Pero la imagen general de la guerra que daba el gobierno de la República al mundo no era falsa. Los asuntos principales eran y como los explicaban sus portavoces. En cambio, los fascistas y sus partidarios no podían ni por asomo ser tan veraces. ¿Cómo iban a confesar sus verdaderos objetivos? Su versión de la guerra era pura fantasía, y en aquellas circunstancias no habría podido ser otra cosa.

El único recurso propagandístico que tenían los nazis y fascistas era presentarse como patriotas cristianos que querían salvar a España de la dictadura rusa. Para ello, había que fingir que en la vida en la España republicana era una incesante escabechina (véanse el Catholic Herald o el Daily Mail, que no obstante, resultaban un juego de niños en comparación con la prensa fascista de la Europa continental) y había que exagerar la magnitud de la intervención rusa.

Fijémonos en un solo detalle de la ingente montaña de mentiras que acumuló la prensa católica y reaccionaria del mundo entero: la supuesta presencia de un ejército ruso en España. Todos los fervientes partidarios de Franco estaban convencidos de ello, y calculaban que podía constar de medio millón de soldados. Ahora bien, no hubo ningún ejército ruso en España. Puede que hubiera algunos pilotos y técnicos, unos centenares a lo sumo, pero de ningún modo un ejército. Varios millares de combatientes extranjeros, por no hablar de millones de españoles, fueron testigos de lo que digo; sin embargo, sus declaraciones no hicieron mella alguna en los partidarios de Franco, que por otro lado no estaban en la España republicana. Al mismo tiempo, estos últimos se negaban categóricamente a admitir la intervención alemana e italiana mientras la prensa alemana e italiana proclamaba a los cuatro vientos las hazañas de sus «legionarios». He preferido hablar sólo de un detalle, pero la verdad es que toda la propaganda fascista sobre la contienda era de ese nivel.

Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia. ¿Cómo se escribirá la historia de la guerra civil española? Si Franco se mantiene en el poder, los libros de historia los escribirán sus prebendados y -por ceñirme al detalle de antes- el ejército ruso que nunca existió se convertirá en hecho histórico que estudiarán los escolares de las generaciones venideras. Pero supongamos que dentro de poco cae el fascismo y se restablece en España un gobierno más o menos democrático; incluso así, ¿cómo se escribirá la historia? ¿qué archivos habrá dejado Franco intactos? Y aún suponiendo que se pudieran recuperar los archivos relacionados con el bando republicano, ¿cómo se podrá escribir una historia fidedigna de la guerra? Porque, como ya he señalado, en el bando republicano también hubo mentiras a espuertas. Desde el punto de vista antifascista se podría escribir una historia de la guerra que sería fiel a la verdad en términos generales, pero sería una historia partidista que no merecería ninguna confianza en lo que se refiere a los detalles de poca monta. Sin embargo, es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad.

Sé que está de moda decir que casi toda la historia escrita es una sarta de mentiras. Estoy dispuesto a creer que la mayor parte de la historia es tendenciosa y poco sólida, pero lo que es característico de nuestro tiempo es la renuncia a la idea de que la historia se podría escribir con veracidad. En el pasado se mentía a sabiendas, o se maquillaba de forma inconsciente lo que se escribía, o se buscaba denodadamente la verdad, sabiendo muy bien que los errores eran inevitables; pero en cualquier caso se creía que «los hechos» habían existido y que eran más o menos susceptibles de descubrirse. Y en la práctica, había siempre un consideraba caudal de datos que casi todos admitían. Si consultamos la historia de la última guerra [la I Guerra Mundial], por ejemplo, en la Enciclopedia Británica, veremos que una parte considerable del material procede de fuentes alemanas. Un historiador británico y otro alemán podrían disentir en muchas cosas, incluso en las fundamentales, pero sigue habiendo un acervo de datos neutrales, por llamarlos de algún modo, que ninguno de los dos se atrevería a poner en duda. Es esta convención de base, que presupone que todos los seres humanos pertenecemos a una misma especie, lo que destruye el totalitarismo. La teoría nazi niega en concreto que exista nada llamado «la verdad». Tampoco, por ejemplo, existe «la ciencia»: lo único que hay es «ciencia alemana», «ciencia judía», etcétera. El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas, y después de las experiencias de los últimos años no es una conjetura hecha a tontas y a locas.

Pero, ¿es infantil o quizás morboso asustarse con imágenes de un futuro totalitario? Antes de descartar el mundo totalitario como pesadilla que no puede hacerse realidad, recordemos que en 1925 el mundo actual habría parecido una pesadilla que no podía hacerse realidad. Contra ese mundo cambiante y fantasmagórico, un mundo en el que lo negro puede ser blanco mañana, en el que las condiciones climatológicas de ayer se pueden cambiar por decreto, sólo hay dos garantías: Una es que, por mucho que neguemos la verdad, la verdad sigue existiendo, por así decirlo, sin nuestro consentimiento, y en consecuencia no podemos tergiversarla de manera que lesione la eficacia militar. La otra es que mientras quede parte de la tierra sin conquistar, la tradición liberal seguirá viva.

Si el fascismo, o tal vez una combinación de fascismos, se adueña del mundo entero, las dos garantías dejarán de existir. En Inglaterra infravaloramos esos peligros porque, provistos de una fe sentimental por nuestras tradiciones y nuestra seguridad pasada, creemos que al final todo se arregla y nunca pasa lo que más tememos. Educados durante cientos de años por una literadura en la que la Justicia triunfa invariablemente en el último capítulo, creemos casi por instinto que el mal siempre se despeña solo a la larga. El pacifismo, por ejemplo, se basa en buena medida en esa convicción: no te opongas al mal, pues ya se destruirá él solo. Pero, ¿por qué ha de destruirse? ¿Y qué pruebas hay de que lo hace? ¿Cuántos casos hay de modernos estados industrializados que se hayan hundido sin que los haya conquistado un ejército extranjero?

Pensemos por ejemplo en la reimplantación de la esclavitud. ¿Quién habría imaginado hace veinte años que volvería a haber esclavitud en Europa? Pues bien, la esclavitud ha reaparecido ante nuestras propias narices. Los polacos, rusos, judíos y presos políticos de todas las nacionalidades que construyen carreteras o desecan pantanos a cambio de una ración mínima de comida en los campos de trabajo que pueblan toda Europa y el norte de África son simples siervos de la gleba. Lo más que se puede decir es que todavía no está permitido que un individuo compre y venda esclavos; por lo demás -la separación forzosa de las familias, pongamos por caso-, las condiciones son probablemente peores que en las antiguas plantaciones de algodón de Estados Unidos. No hay razón para creer que esta situación vaya a cambiar mientras dure el dominio totalitario. No comprendemos todas sus consecuencias porque, con nuestra misma actitud, creemos que un régimen basado en la esclavitud por fuerza ha de venirse abajo. Sin embargo, vale la pena comparar la duración de los imperios esclavistas de la antigüedad con la de cualquier Estado moderno. Las civilizaciones basadas en la esclavitud han durado, en total, alrededor de cuatro mil años.

Cuando pienso en la antigüedad, el detalle que me asusta es que aquellos centenares de millones de esclavos en cuyas espaldas se apoyaba la civilización, generación tras generación, no han dejado ningún testimonio de su existencia. Ni siquiera conocemos sus nombres. ¿Cuántos nombres de esclavos conocemos en toda la historia de Grecia y Roma? Se me ocurren dos, quizá tres. Uno es Espartaco; el otro, Epicteto. Y en la sala romana del Museo Británico hay un vaso de cristal con el nombre de un artífice grabado en el fondo, «Félix fecit». Tengo una vívida imagen mental del pobre Félix (un galo pelirrojo con un collar metálico en el cuello), pero cabe la posibilidad de que no fuera esclavo, así que sólo conozco con seguridad el nombre de dos esclavos y creo que pocas personas conocerán más. El resto duerme en el más profundo silencio.

V

La columna vertebral de la resistencia antifranquista fue la clase obrera española, sobre todo los trabajadores urbanos afiliados a los sindicatos. A largo plazo -y es importante recordar que sólo a largo plazo-, la clase obrera sigue siendo el enemigo más encarnizado del fascismo, por la sencilla razón de que es la que más ganaría con una reorganización decente de la sociedad. A diferencias de otras clases o estamentos, no se la puede sobornar eternamente.

Decir esto no es idealizar la clase obrera. En la larga lucha que siguió a la Revolución Rusa, los derrotados han sido los trabajadores manuales y es imposible no creer que la culpa fue de ellos. Los obreros organizados han sido aplastados una y otra vez, en un país tras otro, con métodos violentos manifiestamente ilegales, y sus compañeros extranjeros, con los que estaban unidos por un sentimiento de teórica solidaridad, se han limitado a mirar, sin mover un dedo. ¿Quién puede creer ya en el proletariado internacional con conciencia de clase después de los sucesos de los diez últimos años? Las matanzas de trabajadores en Viena, Berlín, Madrid o donde fuera, parecían tener menor interés e importancia para sus camaradas británicos que el partido de fútbol del día anterior.

Con todo, eso no altera el hecho de que la clase obrera seguirá luchando contra el fascismo aunque los demás cedan. Un rasgo sorprendente de la conquista nazi de Francia ha sido la cantidad de defecciones que ha habido entre los intelectuales, incluso entre la intelectualidad política de izquierdas. Los intelectuales son los que más gritan contra el fascismo, pero un respetable porcentaje se hunde en el derrotismo cuando llega el momento. Saben ver de lejos las probabilidades que tienen en contra, y además, se los puede sobornar, pues es evidente que los nazis piensan que vale la pena sobornar a los intelectuales. Con los trabajadores sucede al revés: demasiado ignorantes para ver las trampas que les tienden, creen con facilidad en las promesas del fascismo, pero tarde o temprano siempre reanudan la lucha; y así debe ser, porque siempre descubren en sus propias carnes que las promesas del fascismo no se pueden cumplir. Para amordazar de una vez por todas a la clase trabajadora, los fascistas tendrían que subir el nivel de vida general, cosa que ni pueden ni probablemente quieren hacer.

La lucha de la clase obrera es como una planta que crece. La planta es ciega y sin seso, pero sabe lo suficiente para estirarse sin parar y ascender hacia la luz, y no cejará por muchos obstáculos que encuentre. ¿Cuál es el objetivo por el que luchan los trabajadores? Esa vida digna que, de manera creciente, saben que ya es técnicamente posible. La conciencia de este objetivo tiene flujos y reflujos. En España, durante un tiempo, las masas obraron conscientemente, avanzaron hacia una meta que querían alcanzar y que creían que podían alcanzar. Esto explica el curioso optimismo que impregnó la vida en la España republicana durante los primeros meses de la contienda. La gente sencilla sentía en sus propias entrañas que la República estaba con ellos y que Franco era el enemigo; sabía que la razón estaba de su lado, porque luchaba por algo que el mundo le debía y estaba en condiciones de darle.

Hay que recordar esto si se quiere enfocar con objetividad la guerra civil española. Cuando se piensa en la crueldad, miseria e inutilidad de la guerra -y en este caso concreto, en las intrigas, las persecuciones, las mentiras y los malentendidos- siempre es una tentación decir: «Los dos bandos son igual de malos; me declaro neutral». En la práctica, sin embargo, no se puede ser neutral, y difícilmente se encontrará una guerra en la que carezca de importancia quién resulte vencedor, pues un bando casi siempre tiende a apostar por el progreso, mientras que el otro es más o menos reaccionario. El odio que la República española suscitó en los millonarios, los duques, los cardenales, los señoritos, los espadones y demás bastaría por sí solo para saber lo que se cocía. En esencia fue una guerra de clases. Si se hubiera ganado, se habría fortalecido la causa de la gente corriente del mundo entero; pero se perdió y los inversores de todo el mundo se frotaron las manos. Esto fue lo que sucedió en el fondo. Lo demás no fue más que espuma de superficie.

VI

El resultado de la guerra civil española se determinó en Londres, en París, en Roma, en Berlín, pero no en España. Después del verano de 1937, los que veían las cosas tal y como eran se dieron cuenta de que el gobierno no podría ganar la guerra si no se producía un cambio radical en el escenario internacional. Si Negrín y los demás decidieron proseguir la lucha se debió en parte a que esperaban que la guerra mundial que estalló en 1939 lo hubiera hecho en 1938.

La desunión del bando republicano, de la que tanto se habló, no estuvo entre las causas fundamentales de la derrota. Las milicias populares se organizaron deprisa y corriendo, estaban mal armadas y hubo falta de imaginación en sus planteamientos militares, pera nada habría sido diferente si se hubiera alcanzado un acuerdo político global desde el principio. Cuando estalló la guerra, el trabajador industrial medio no sabía disparar un arma y el pacifismo tradicional de la izquierda constituía un gran obstáculo. Los miles de extranjeros que combatieron en España eran buenos como soldados de infantería, pero entre ellos había poquísimos que estuvieran especializados en algo. La tesis troskista de que la guerra se habría ganado si no se hubiera saboteado la revolución es probablemente falsa. Nacionalizar fábricas, demoler iglesias y publicar manifiestos revolucionarios no habría aumentado la eficacia de los ejércitos. Los fascistas vencieron porque eran más fuertes: tenían armas modernas y los otros carecían de ellas. Ninguna estrategia política habría compensado ese factor.

Lo más desconcertante de la guerra civil española fue la actitud de las grandes potencias. La guerra la ganaron en realidad los alemanes y los italianos, cuyos motivos saltaban a la vista. Los motivos de Francia y Gran Bretaña son menos comprensibles. Todos sabían en 1936 que si Gran Bretaña hubiera ayudado a la II República, aunque sólo hubiera sido con unos cuantos millones de libras esterlinas en armas, Franco habría sucumbido y la estrategia alemana habría sufrido un serio revés. Por entonces no hacía falta ser adivino para prever la inminencia de un conflicto entre Gran Bretaña y Alemania; incluso se habría podido predecir el momento, año más o menos.

Pero la clase gobernante británica, del modo más mezquino, cobarde e hipócrita, hizo cuanto pudo por entregar España a Franco y a los nazis. ¿Por qué? La respuesta más evidente es que era protofascista. Indiscutiblemente lo era, pero cuando llegó la confrontación final, optó por oponerse a Alemania. Siguen sin conocerse las intenciones que sustentaban su apoyo a Franco, y es posible que en realidad no hubiera ninguna intención clara. Si la clase gobernante británica es abyecta o solamente idiota es una de las incógnitas más intrincadas de nuestro tiempo, y en determinados momentos, una incógnita de importancia capital.

En cuanto a los rusos, sus motivos en relación con la guerra española son completamente inescrutables. ¿Intervinieron en ella, como creían los izquierdosos, para defender la democracia y frustrar los planes nazis? En ese caso, ¿por qué intervinieron a una escala tan ridícula y al final dejaron a España en la estacada? ¿O intervinieron, como sostenían los católicos, para promover la revolución? En ese caso, ¿por qué hicieron todo lo posible por abortar todos los movimientos revolucionarios, por defender la propiedad privada y por ceder el poder a la clase media y no a la clase trabajadora? ¿O intervinieron, como sugerían los troskistas, únicamente con intención de impedir una revolución en España? En ese caso, ¿por qué no apoyaron a Franco? La verdad es que la conducta de los rusos se explica fácilmente si se parte de la base de que obedecía a principios contradictorios. Creo que en el futuro acabaremos por pensar que la política exterior de Stalin, lejos de ser una astucia diabólica -como se ha afirmado-, ha sido sólo oportunista y torpe.

De todos modos, la guerra civil española puso de manifiesto que los nazis, a diferencia de sus oponentes, sabían lo que se traían entre manos. La guerra se libró a un nivel tecnológico bajo y su estrategia fundamental fue muy sencilla: el bando que tuviera armas, vencería. Los nazis y los italianos dieron armas a sus aliados españoles, mientras que las democracias occidentales y los rusos no hicieron lo propio con los que deberían haber sido sus aliados. Así pereció la República española, tras haber «conquistado lo que a ninguna república le falta» .

Si fue justo o no animar a los españoles a seguir luchando cuando ya no podían vencer, como hicieron todos los izquierdistas extranjeros, es una pregunta que no tiene fácil respuesta. Incluso yo pensaba que era justo, porque creía que es mejor, incluso desde el punto de vista de la supervivencia, luchar y ser conquistado que rendirse sin luchar. No podemos juzgar todavía los resultados de la magna estrategia de la lucha contra el fascismo. Los ejércitos andrajosos y desarmados de la II República resistieron durante dos años y medio, mucho más, indudablemente, de lo que esperaban sus enemigos. Pero no sabemos aún si de ese modo alteraron los planes fascistas o si, por el contrario, se limitaron a posponer la gran guerra y a dar a los nazis más tiempo para calentar los motores de su maquinaria bélica.

VII

Nunca pienso en la guerra civil española sin que me vengan dos recuerdos. Uno es del hospital del Lérida y de las tristes voces de los milicianos heridos que cantaban una canción cuyo estribillo decía:

¡Una revolución,

luchar hasta el fin!

Pues bien, lucharon hasta el mismísimo fin. Durante los últimos dieciocho meses de la contienda, los ejércitos republicanos lucharon casi sin tabaco y con muy poca comida. Ya a mediados de 1937, cuando me fui de España, escaseaban la carne y el pan, el tabaco era una rareza, y era dificilísimo encontrar café y azúcar.

El otro recuerdo es del miliciano italiano que me estrechó la mano en la sala de guardia el día que me alisté en las milicias. Hablé de este hombre al comienzo de mi libro sobre la guerra española  y no quiero repetir lo que dije allí. Cuando recuerdo -y con qué viveza- su uniforme raído y su cara feroz, conmovedora e inocente, parecen desvanecerse los complejos temas secundarios de la guerra y veo con claridad que al menos no había ninguna duda en cuanto a quién estaba en el lado de la razón.

Al margen de la política de las potencias y de las mentiras periodísticas, el objetivo principal de la guerra era que las personas como aquel miliciano conquistaran la vida digna a la que sabían que tenían derecho por naturaleza. Me cuesta pensar en el probable fin de aquel hombre en particular sin sentir una gama de resentimientos. Puesto que lo conocí en el Cuartel Lenin, es probable que fuera troskista o anarquista, y en las extrañas condiciones de los tiempos que corren, si a alguien así no lo mata la Gestapo, suele matarlo la GPU. Pero ese detalle no afecta a los objetivos a largo plazo. El rostro de aquel hombre, que sólo vi un par de minutos, sigue vivo en mi recuerdo como un aviso gráfico de lo que en verdad fue aquella guerra. Representa para mí a la flor y nata de la clase obrera europea, perseguida por la policía de todos los países, a la gente que llena las fosas comunes de los campos de batalla españoles, a los millones que hoy se pudren en los campos de trabajo.

Cuando pienso en quienes apoyan o han apoyado al fascismo no deja de sorprenderme su variedad. ¡Menuda tripulación! Imaginaos un programa capaz de meter en el mismo barco, aunque sea por un tiempo, a Hitler, a Petain, a Montagu Norman, a Pavelitch, a William Randolph Hearst, a Streicher, a Buchman, a Ezra Pound, a Juan March, a Cocteau, a Thyssen, al padre Coughlin, al muftí de Jerusalén, a a Arnold Lunn, a Antonescu, a Spengler, a Beverly Nichols, a lady Houston y a Marinetti. Pero la clave es muy sencilla. Todos los mencionados son personas con algo que perder, o personas que suspiran por una sociedad jerárquica y que temen la perspectiva de un mundo poblado por seres humanos libres e iguales.

Detrás del tono escandalizado con que se habla del «ateísmo» de Rusia y del «materialismo» de la clase obrera sólo está el afán del rico y del privilegiado por conservar lo que tienen. Lo mismo cabe afirmar, aunque contiene una verdad a medias, de todo cuanto se dice sobre la inutilidad de reorganizar la sociedad si no hay al mismo tiempo un «cambio espiritual», mucho más tranquilizador desde su punto de vista que un cambio de sistema económico.

Petain atribuye la caída de Francia al «amor por los placeres» del ciudadano corriente; daremos a esta afirmación el valor que tiene si nos preguntamos cuántos placeres hay en la vida de los obreros y los campesinos corrientes de Francia y cuántos en la de Petain. Menuda impertinencia la de estos politicastros, curas, literatos y demás especímenes que sermonean al socialista de base por su «materialismo». Lo único que el trabajador exige es lo que estos otros considerarían el mínimo imprescindible sin el que la vida humana no se puede vivir de ninguna de las maneras; que haya comida suficiente, que se acabe para siempre la pesadilla del desempleo, que haya igualdad de oportunidades para sus hijos, un baño al día, sábanas limpias con una frecuencia razonable, un techo sin goteras y una jornada laboral lo suficientemente corta para no desfallecer al salir del trabajo.

Ninguno de los que predican contra el «materialismo» pensaría que se puede vivir la vida sin esos requisitos. Y qué fácilmente se obtendría dicho mínimo. Bastaría con mentalizarse durante veinte años. Elevar el nivel de vida mundial a la altura del de Gran Bretaña no sería una empresa más aparatosa que esta guerra que libramos en la actualidad. Yo no digo -no sé si lo dice alguien- que una medida así vaya a solucionar nada por sí sola. Pero es que para abordar los problemas reales de la humanidad, primero hay que abolir las privaciones y las condiciones inhumanas del trabajo. El principal problema de nuestra época es la pérdida de fe en la inmortalidad del alma, y es imposible afrontarlo mientras el ser humano trabaje como un esclavo o tiemble de miedo a la policía secreta. ¡Qué razón tiene el «materialismo» de la clase trabajadora! Qué razón tiene la clase trabajadora al pensar que el estómago viene antes que el alma, no en la escala de valores, sino en el tiempo.

Si entendemos esto, el largo horror que padecemos será al menos inteligible. Todos los argumentos que podrían hacer titubear al trabajador -los cantos de sirena de un Petain o un Gandhi; el hecho impepinable de que para luchar hay que degradarse; la equívoca postura moral de Gran Bretaña, con su fraseología democrática y su imperio de culis; la siniestra evolución de la Rusia soviética; la sórdida farsa de la política izquierdista- pasan a segundo plano y ya no se ve más que la lucha de la gente corriente, que despierta poco a poco contra los amos de la propiedad y los embusteros y lameculos que tienen a sueldo.

La cuestión es muy sencilla: ¿quieren o no quieren las personas como el soldado italiano que se les permita llevar una vida plenamente humana y digna que en la actualidad es técnicamente accesible? ¿Devolverán, o no devolverán a la gente normal al arroyo? Yo, personalmente, aunque no tengo pruebas, creo que el hombre corriente ganará la batalla tarde o temprano, aunque desearía que fuera temprano y no tarde; por ejemplo, antes de que transcurra un siglo y no dentro de diez milenios. Tal fue la verdadera cuestión de la guerra civil española, como lo es de la guerra actual, y tal vez de otras que vendrán.

No volví a ver al italiano ni averigüé cómo se llamaba. Puede darse por hecho que está muerto. Unos dos años después, cuando la guerra ya estaba perdida, escribí estos versos en su memoria:

The italian soldier shook my hand

Beside the guard-room table;

The strong hand and the subtle hand

Whose palms are only able

To meet within the sound of guns,

But oh! What peace I knew then

In gazing on his battered face

Purer than any woman's!

For the fly-blown words that make me spew!

Still in his ears were holy,

And he was born knowing what I learned

Out of books and slowly.

The treacherous guns had told their tale

And we both had bought it,

But my gold brick was made of gold

Oh! Who ever would have thought it?

Good luck go with you Italian soldier!

But luck is not far for the brave;

What would the world give back to you?

Always less than you gave.

Between the shadow and the ghost,

Between the white and the red,

Between the bullet and the lie,

Where would you hide your head?

For where is Manuel González,

And where is Pedro Aguilar,

And where is Ramón Fenellosa?

The earthworms know where they are.

Your name and your deeds were forgotten

Before your bones were dry,

And the lie that slew you is buried

Under a deeper lie.

But the thing that I saw in your face

No power can disinherit:

No bomb that ever burst

Shatters the crystal spirit.

Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar

servido por alianzanacionalistaguatemala1878 sin comentarios compártelo

5 Mayo 2012

HITLER GANO LA GUERRA?

WALTER GRAZIANO

Hitler ganó la Guerra

ISBN 987566099X

 

 

Walter Graziano nació en 1960 en la Argentina. Se graduó de economista en la Universidad de Buenos Aires. Hasta 1988 fue funcionario del Banco Central de su país y recibió becas de estudio del gobierno italiano y del Fondo Monetario Internacional para estudiar en Nápoles y Washington DC. Desde 1988 colaboró con medios gráficos y audiovisuales argentinos en forma simultánea a su profesión de consultor económico. En 1990 publicó Historia de dos hiperinflaciones y, en 2001, Las siete plagas de la Argentina, libro que preanunció la debacle económica y política de su país. Desde 2001 Graziano se encuentra abocado a los temas de esta obra, sus antecedentes históricos y cuestiones colaterales.

No importa que nos odien,

siempre que en la misma medida nos teman.

CALIGULA

Prólogo

Apenas comencé a realizar las investigaciones preliminares para escribir este libro, caí en la cuenta de que la vastedad del tema me imponía la necesidad de encontrar colaboradores. Por lo tanto, decidí contratar a estudiantes y graduados en disciplinas humanísticas.

Una de las primeras personas que acudieron a las entrevistas de trabajo era una licenciada en historia, recién graduada, con excelentes calificaciones. A través del diálogo inicial, pude entrever la sólida formación histórica y cultural que poseía para este trabajo. Se trataba además de una persona con otras cualidades: inteligencia y sagacidad.

Resolví, entonces, tomarle la real prueba de fuego. Le acerqué una información de las muchas que el lector va a encontrar en este libro. La recién graduada comenzó a leerla en silencio. Mientras tanto, yo la observaba, y veía cómo se iba sonrojando y los ojos se le entornaban, no sé si de furia o de incredulidad. Cuando terminó la lectura del texto me miró. Con voz entrecortada, y un poco mareada, defendió lo que hace instantes consideraba un saber poco menos que inexpugnable: "La historia no debe escribirse hasta mucho tiempo después de que ocurran los acontecimientos", dijo con el tono de una lección aprendida de memoria.

Opté entonces por acercarle más información, más abundante en datos. Esta vez se puso lívida. Ensayó una respuesta menos estructurada, pero aún se defendía de lo que bien podía considerar tan horroroso como incongruente con respecto a lo que le habían enseñado arios y años. Ante tal tibia defensa, opté por presentarle más material. Se rindió, y sólo dijo: "Si eso es verdad, ya no sé qué pensar".

Le expliqué, entonces, que el concepto de que era necesario dejar pasar bastante tiempo antes de escribir la historia era aplicable a la época en que la tecnología hacía imposible escribirla con buena dosis de rapidez y exactitud. Obviamente Heródoto debió tardar mucho tiempo en juntar el material para su obra. No es de esperar que Suetonio tuviera al alcance de la mano la información para escribir la vida de doce césares. Pero ya en nuestros días algo había comenzado a cambiar: Arnold Toynbee y Paul Johnson estaban escribiendo historia (posiblemente muy sesgada, pero una versión de la historia, al fin) en forma casi simultánea con los propios sucesos. Es comprensible: los medios de comunicación y el rápido acceso al tipo de información que ellos brindan lo hacen posible.

Con el rápido desarrollo de la red global, quizás en poco tiempo más surjan los primeros historiadores que puedan escribir la historia en forma simultánea a la propia sucesión de hechos considerados como históricos. Y hasta incluso sería posible que aparezcan los primeros futurólogos realmente serios. A través de la red se puede acceder con escaso costo y sin demora a cualquier tipo de información, de toda índole, que cualquier individuo del mundo haya deseado conseguir. Sea verdadera o falsa, se trata de información sin ningún tipo de censura directa ni indirecta. Esta última es peor aún que la primera ya que pasa inadvertida y es ejercida por las líneas editoriales y estrategias de los mega medios de comunicación.

La red no sólo ha posibilitado el libre acceso a la información. También permite comprar a distancia cualquier libro editado en cualquier lugar del mundo, nuevo o usado, y tenerlo en casa en menos de una semana, sin innecesarias demoras en preguntas por ediciones agotadas en librerías físicamente lejanas entre sí. También permite el acceso a variados resúmenes de textos, de todas las tendencias, e incluso a comentarios de lectores anteriores, los que en buena medida pueden ayudar a ganar tiempo. Como siempre me gusta repetir: el tiempo es un bien aún mucho más escaso que el dinero. El dinero puede ir y venir. El tiempo, en cambio, sólo va...

Gracias a la red, ya están apareciendo los primeros historiadores online. Y si bien mucha de la información que aparece en la red puede ser falsa o inexacta, con frecuencia lo es menos que la que se ha publicado en muchísimos libros, o que la que aparece a diario en los mega medios de comunicación. La ventaja que nos ofrece la red, sea porque nos brinda información directamente, sea porque nos permite un rápido acceso para ubicar y comprar en sólo segundos libros que nos podría costar años conseguir, es la posibilidad de escribir sobre el presente, y conocerlo, con incontables elementos adicionales de información.

Es posible que esto provoque muy beneficiosos efectos en poco tiempo más. Es probable que las poblaciones de muchos países se enteren mucho antes, mientras están en condiciones de hacer algo al respecto, de tretas de engaño colectivo, psicópatas en los más altos cargos del poder, ambiciosos planes de dominio global, etcétera.

Este libro no se hubiera podido escribir hace cincuenta años. Ni siquiera hace diez. La muchacha graduada en historia arriba mencionada habría tenido, en ese caso, razón. Pero hoy las cosas han cambiado. Tenemos acceso a infinitos elementos más de información. Si no los usáramos por prejuicios o frases hechas al estilo de que "la historia necesita mucho tiempo para escribirse" le estaríamos haciendo el juego a los personajes más oscuros: los que desean que la realidad se escriba de la manera que más les conviene. Muchas veces se trata precisamente de los personajes con más recursos para intentar "borrar" de la memoria colectiva informaciones que pueden llegara comprometerlos. Ésta es una muy vieja costumbre utilizada por tiranos en todas las épocas. Se cuenta que los más sanguinarios emperadores romanos tenían historiadores oficiales. Éstos escribían loas a atroces emperadores y a su acción de gobierno. Sólo muchas décadas más tarde, cuando ya todos los protagonistas estaban muertos, Tácito y Suetonio pudieron poner las cosas en su lugar y colocar a personajes como Tiberio, Calígula y Nerón en el lugar que se merecían: en el panteón de los más siniestros y perversos emperadores que se recuerden. Sin embargo, muchos de los ciudadanos romanos contemporáneos de ellos murieron sin saber cuántos de sus males, miserias y hasta sus propias muertes diarias se debían a los propios emperadores y su sistema de censura y manipulación de la prensa y la historia. En el propio Imperio Romano se tardó más de sesenta años para que se conocieran acabadamente quiénes habían sido esos tres emperadores.

Que lo mismo no ocurra con nosotros. Gracias a la red, ello ahora es posible. Pero que nos libremos de los problemas depende de nosotros, de una participación activa. En las próximas páginas comenzará a quedar claro por qué.

1. NASH: LA PUNTA DEL OVILLO

La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.

George Orwell.

Teoría y práctica del colectivismo oligárquico.

Capítulo 9. Parte 2.1984.

¿Quién no cree, sin casi ningún cuestionamiento el viejo refrán que asevera que "la historia la escriben los vencedores"? Más aún, se suele repetir esa frase una y otra vez. Sin embargo, en pocas ocasiones se tiene una exacta idea de hasta qué niveles de profundidad esto puede llegar a ser verdad. Existe otra frase famosa, que también forma parte del refranero popular. Vale la pena poner ambas en juego dialéctico. Se trata de aquel viejo dicho que asegura que "la realidad supera a la ficción". Si estamos de acuerdo en que ambas aseveraciones generalmente son correctas, no cabe más remedio que comenzar a pensar que la historia -por más doloroso o no que esto pueda resultar- es sólo lo que se habría deseado que hubiera ocurrido. O sea, algo alejado de lo que realmente sucedió. Más aún, es sólo lo que habrían deseado que hubiera acontecido quienes la escribieron, o la escriben, mediante la distorsión de hechos ocurridos en la realidad. Muchas veces les resulta necesario a los vencedores interpretar de forma cambiada los hechos, silenciar espinosas cuestiones ocurridas o, incluso, generar de la nada la historia. Precisamente por eso bien se puede pensar, siguiendo hasta sus últimas consecuencias el juego dialéctico de esas dos verdades populares, que si algo no está escrito en los medios masivos de comunicación o en abundante bibliografía, y no forma parte del "saber mayoritario", entonces no ocurrió, no pasó, no es verdad. La versión de un suceso divulgada por los medios masivos de comunicación es precisamente lo que se conoce como historia.

Empecé recién a tener una cabal idea de todo esto a raíz de un hecho trivial, casual, cotidiano, como fue haber ido al cine a ver una película. El film en cuestión no era otro que Una mente brillante, la obra protagonizada por Russell Crowe, que ganó el Oscar a la mejor película del año 2001, en marzo de 2002. En realidad, se trata de un doble galardón porque la historia narra la vida del matemático John Nash, quien en 1994 obtuvo el Premio Nóbel de Economía por sus descubrimientos acerca de la denominada "Teoría de los Juegos".

Si bien la película tenía características altamente emotivas, debido a la mezcla de realidad y fantasía que el guión mostraba acerca de la vida de Nash, un detalle del mismo no podía pasar inadvertido para quienes ejercemos la profesión de economistas. Se trata sólo de un detalle, de un instante, de apenas un momento del film en el que el protagonista asevera que descubrió, literalmente, que Adam Smith -el padre de la economía -no tenía razón, cuando en el año 1776 en su obra La riqueza de las naciones esbozó su tesis principal -y base fundamental de toda la teoría económica moderna- de que el máximo nivel de bienestar social se genera cuando cada individuo, en forma egoísta, persigue su bienestar individual, y nada más que ello. En la escena siguiente de la película, el decano de la Universidad de Princeton, Mr. Herlinger, mira azorado los desarrollos matemáticos mediante los cuales Nash expone ese razonamiento acerca de Adam Smith y declara que, con ellos, más de un siglo y medio de teoría económica se desvanecía.

Como economista me debía hacer una pregunta: ¿se trataba de una verdad o de una alocada idea del guionista del film? Me puse a investigar, y lo bueno del caso es que se trataba... de una verdad. Ahora bien, lo que llama muy poderosamente la atención es que estas expresiones vertidas en la película hayan pasado inadvertidas para miles y miles de economistas. Que el público corriente, que no pasó años enteros estudiando economía, escuche que alguien descubrió que Adam Smith no tenía razón en su tesis acerca de la panacea que significaba el individualismo para cualquier tipo de sociedad, puede no llamar la atención, puede parecer hasta trivial. Pero a un economista no se le puede escapar, si está en una posición realmente científica, la real dimensión de lo que significaría la demolición del individualismo y de la libre competencia como base central de la teoría económica.

Es necesario remarcar que Nash descubre que una sociedad maximiza su nivel de bienestar cuando cada uno de sus individuos acciona en favor de su propio bienestar, pero sin perder de vista también el de los demás integrantes del grupo. Demuestra cómo un comportamiento puramente individualista puede producir en una sociedad una especie de "ley de la selva" en la que todos los miembros terminan obteniendo menor bienestar del que podrían. Con estas premisas, Nash profundiza los descubrimientos de la Teoría de los Juegos, descubierta en la década del 30 por Von Neumann y Morgestern, generando la posibilidad de mercados con múltiples niveles de equilibrio según la actitud que tengan los diferentes jugadores, según haya o no una autoridad externa al juego, según sea el juego cooperativo o no cooperativo entre los diferentes jugadores. De esta manera, Nash ayuda a generar todo un aparato teórico que describe la realidad en forma más acertada que la teoría económica clásica, y que tiene usos múltiples en economía, política, diplomacia y geopolítica, a punto tal que puede explicar e incluir el más sangriento de todos los juegos: la guerra.

Todo esto puede parecer difícil de entender. Pero no lo es. En el fondo, si se lo piensa bien, los descubrimientos de Nash implican una verdad de Perogrullo. Por ejemplo, tomemos el caso del fútbol. Supongamos un equipo en el que todos sus jugadores intentan brillar con luz propia, jugar de delanteros y hacer el gol. Más que compañeros, serán rivales entre sí. Un equipo de esas características será presa fácil de cualquier otro que aplique una mínima estrategia lógica: que los once integrantes se ayuden entre sí para vencer al rival. ¿Cuál cree el lector que será el equipo ganador? Aun cuando el primer equipo tenga las mejores individualidades, es probable que naufrague y que, incluso hasta individualmente, los miembros del segundo equipo luzcan mejor. Esto, ni más ni menos, es lo que Nash descubre, en contraposición a Adam Smith, que sugeriría que cada jugador "haga la suya".

A pesar de que se trata de un concepto muy básico, entonces, prácticamente nada de la Teoría de los Juegos se enseña en general a los economistas, casi nada hay escrito en otro idioma que no sea el inglés y, obviamente, lo escaso que se enseña en carreras de grado y posgrado se hace sin formular la aclaración previa de que al trabajar con la Teoría de los Juegos se usa un herramental más sofisticado y aproximado a la realidad que con la teoría económica clásica. A punto tal llega esta distorsión (dudaba ya en un principio si se trataba de una manipulación) que se silencia que la gran teoría de Smith queda en realidad anulada por la falsedad de su hipótesis basal, cosa demostrada por Nash.

En la carrera de economía, en la Argentina y en una vasta cantidad de países, tanto en universidades privadas como en las públicas, se sigue enseñando desde el primer día hasta el último que Adam Smith no sólo es el padre de la economía, sino que además estaba en lo correcto con su hipótesis acerca del individualismo. Los argumentos que se utilizan para explicar que supuestamente tenía razón se basan generalmente en desarrollos teóricos anteriores al descubrimiento de Nash y en cierta evidencia empírica percibida no sin una alta dosis de arbitrariedad. De ello resulta que se contamina a la teoría económica -que debería constituir una ciencia- con una visión ideológica, lo que instituye en ella todo lo contrario de lo que debería ser una ciencia. Muchos de los profesores que día a día enseñan economía a sus alumnos ni siquiera han sido informados de que hace más de medio siglo alguien descubrió que el individualismo, lejos de conducir al mejor bienestar de una sociedad, puede producir un grado menor, y muchas veces muy apreciablemente menor, de bienestar general e individual que el que se podría conseguir por otros métodos de ayuda mutua.

¿Cómo puede explicarse esto, entonces? ¿Cómo es que nos venimos a enterar, a través de una película, de que el presupuesto básico, fundamental, de la ciencia económica es una hipótesis incorrecta? Peor aún, los descubrimientos de Nash fueron efectuados a principios de la década del 50, hace ya más de medio siglo, y fueron hechos nada menos que en Princeton, no en algún alejado lugar del planeta, sin conexiones académicas con el resto de los economistas, los profesores y los profesionales de la economía y las finanzas, factores que deben aumentar el grado de sorpresa.

¿Cuál es el papel que podríamos esperar que desarrollen las mentes más brillantes de una ciencia, si de repente alguien descubre matemáticamente que el propio basamento fundamental de esa ciencia es incorrecto? Podría presuponerse que en tal caso todos tendrían que frenar los desarrollos de las teorías que vienen sosteniendo o generando, y las ideas sobre las cuales están trabajando, para ponerse a repensar las bases fundamentales de la teoría, admitiendo que en realidad se sabe mucho menos de lo que creía saberse hasta la aparición del descubrimiento. Se comenzaría así a trabajar para dotar de nuevas bases y fundamentos a la ciencia cuya premisa fundamental acaba de desvanecerse. Ésta sería la lógica, sobre todo si se tiene en cuenta que, en lo relativo a la economía, las conclusiones de una teoría, y los consejos que a raíz de ella puedan dar los economistas, y las medidas que finalmente encaran los gobiernos y las empresas de hecho alteran la riqueza, el trabajo y la vida diaria de millones y millones de personas. Los efectos sobre la humanidad pueden ser mayores que en otras ciencias. Cuando se hacen recomendaciones económicas, se está tocando directa o indirectamente el destino de millones de personas, lo que debería imponer el cuidado y la prudencia, no sólo en quienes elaboran las políticas económicas sino también en quienes opinan y aconsejan.

Por lo tanto, el descubrimiento de Nash acerca de la falsedad de la teoría de Adam Smith debería haber puesto en estado de alerta y en emergencia a la comunidad de los economistas en el planeta entero. Ello, por supuesto, no ocurrió, en buena medida debido a que sólo un reducido núcleo de profesionales de la economía se enteró a inicios de los años '50 de la verdadera profundidad de los descubrimientos de Nash.

Puede pensarse, entonces, que un saludable revisionismo sería una verdadera actitud científica frente a lo acontecido. Sin embargo, nada de esto ocurrió ni ocurre en la economía. Los economistas, no sólo en carreras de grado, sino también en las de posgrado, tanto en Argentina como en el exterior, no reciben información alguna acerca de que la base fundamental de la economía es una hipótesis demostrada incorrecta, nada menos que desde las propias matemáticas. Además de carecer de información alguna en ese sentido, se les enseña enormes dosis de teorías y modelos económicos desarrollados desde la década del 50, precisamente cuando ya esa incorrección se conocía en pequeños e influyentes núcleos académicos, los que no sólo entronizan la premisa básica del individualismo smithsoniano, sino que intentan universalizar para todo momento del tiempo y del espacio los desarrollos económicos clásicos y neoclásicos iniciados por el propio Smith.

Quien crea que esto no tiene consecuencias se equivoca gravemente. Habría que preguntarse, por ejemplo, si la propia globalización hubiera sido posible, en su actual dimensión, en el caso de que los descubrimientos de Nash hubieran tenido la repercusión que merecían, si los medios de comunicación los hubieran difundido y si muchos de los economistas considerados más prestigiosos del mundo, muchas veces financiados por universidades norteamericanas que deben su existencia a grandes empresas del sector privado, no los hubieran dejado "olvidados" en el closet. Si hubiera habido en su debido momento un revisionismo a fondo a partir de los descubrimientos de Nash, quizás hoy tendríamos Estados nacionales mucho más fuertes, reguladores y poderosos de lo que, tras una década de globalización, resultan.

Un punto central que se debe tener en cuenta, que asocié a poco de comenzar a investigar el tema, es que, en forma prácticamente simultánea a los descubrimientos de Nash, dos economistas, Lipsey y Lancaster, descubrieron el denominado "Teorema del Segundo Mejor". Este descubrimiento enuncia que si una economía, debido a las restricciones propias que ocurren en el mundo real, no puede funcionar en el punto óptimo de plena libertad y competencia perfecta para todos sus actores, entonces no se sabe a priori qué nivel de regulaciones e intervenciones estatales necesitará ese país para funcionar lo mejor posible. En otras palabras, lo que Lipsey y Lancaster descubrieron es que es posible que un país funcione mejor con una mayor cantidad de restricciones e interferencias estatales, que sin ellas. O sea que bien podría ser necesaria una muy intensa actividad estatal en la economía para que todo funcione mejor. Lo que se pensaba hasta ese momento era que si el óptimo era inalcanzable porque el "mundo real" no es igual al frío mundo de la teoría, entonces el punto inmediato mejor para un país era el de la menor cantidad de restricciones posibles al funcionamiento de plena libertad económica. Pues bien, Lipsey y Lancaster derrumbaron hace más de medio siglo ese preconcepto. Como consecuencia directa de ello, reaparecen en el centro de la escena temas como aranceles a la importación de bienes, subsidios a la exportación y a determinados sectores sociales, impuestos diferenciales, restricciones al movimiento de capitales, regulaciones financieras, etcétera.

Al igual que lo ocurrido con la Teoría de los Juegos, el Teorema del Segundo Mejor apenas se explica a los economistas en universidades públicas y privadas. Aun cuando sus implicancias son enormes, generalmente se lo da por sabido en sólo una clase, en apenas una media hora, y se pasa a otro tema. Resulta casi una "rareza" exótica insertada en los programas de estudio, una curiosidad a la que no se le suele dar demasiada importancia. Craso error.

Un caso típico es el de la ex Unión Soviética. Gorbachov en su momento decidió desregular, privatizar y abrir la economía eliminando rápidamente la mayor cantidad de barreras posibles a la libre competencia. No le fue bien. Lejos de progresar rápidamente, la economía rusa cayó en una de las peores crisis de su historia. Si se hubieran aplicado los postulados de Lipsey y Lancaster, se habría tenido más cautela y muy probablemente las cosas no habrían salido tan mal.

Si combináramos los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster, lo que obtendríamos es que no puede establecerse a ciencia cierta, y de antemano, qué resulta mejor para un determinado país, sino que ello dependerá de una gran cantidad de variables. Por lo tanto, toda universalización de recomendaciones económicas es incorrecta. No se puede dar el mismo consejo económico (por ejemplo, privatizar o desregular o eliminar el déficit fiscal) para todo país y en todo momento. Sin embargo, esto es lo que precisamente se ha venido haciendo cada vez con más intensidad, sobre todo desde los años '90, cuando, al ritmo de la globalización, se han encontrado recetas que se han enseñado como universales, como verdades reveladas, que todo país debe siempre aplicar.

Puede resultar extraño, pero probablemente no lo sea: un descubrimiento fundamental que hubiera cambiado la historia de la teoría económica, y hasta hubiera dificultado la aparición de la globalización, no tuvo prácticamente difusión alguna más que en un muy reducido núcleo de economistas académicos residentes en Estados Unidos, por lo que se impuso la ideología falsa con la que muchos gobiernos, en muchos casos sin saberlo, toman decisiones económicas. Mientras estas teorías no recibían el grado de atención adecuada por la profesión de los economistas, por los diseñadores de políticas gubernamentales y por la población en general, empezaron a cobrar, en aquel mismo momento, a partir de los años '50 y '60, una gran difusión en los medios de comunicación las teorías desarrolladas en la Universidad de Chicago. Nada menos que la misma casa de estudios que había albergado en su sede al italiano Enrico Fermi con el fin de que desarrollara la bomba atómica financió en materia económica a Milton Friedman, también premio Nobel en Economía, quien comienza a desarrollar en los mismos años '50 la denominada "Escuela Monetarista". Luego de más de una década de estudios, Friedman y sus seguidores llegan a la conclusión de que la actividad del Estado en la economía debe reducirse a una sola premisa básica: emitir dinero al mismo ritmo en que la economía está creciendo. O sea, si un determinado país naturalmente crece al 5% anual, para Friedman, su Banco Central debe emitir moneda a ese mismo ritmo. Si, en cambio, crece naturalmente al 1% anual, debe emitir moneda sólo al 1% anual. La lógica intrínseca de este razonamiento es que el dinero sirve como lubricante de la economía real. Por lo tanto, si una economía en forma natural crece muy rápidamente, necesita que el Banco Central de dicho país genere más medios de pago que si está estancada. En el fondo, la recomendación de Milton Friedman es que cada país mantenga una relación constante entre cantidad de dinero y PBI. Toda otra política económica estatal es desaconsejada por Friedman.

La Escuela Monetarista tuvo un enorme grado de difusión en todo el mundo, aun cuando los bancos centrales de los principales países desarrollados jamás aplicaron los consejos de Friedman, con la sola excepción de Margaret Thatcher, que, tras un breve período de aplicación de unos cuantos meses de las políticas monetaristas en Inglaterra, necesitó ganar una guerra (la de Malvinas) para recuperar la popularidad perdida por los desastrosos resultados de ella, que habían elevado el desempleo en Inglaterra a niveles pocas veces vistos -nada menos que el 14%-, sin siquiera acabar por ello con la inflación. Fue el único y muy breve caso de aplicación de las recetas de esta escuela en países desarrollados. Sin embargo, las presiones para que naciones en vías de desarrollo como la Argentina apliquen estas políticas siempre han sido muy fuertes.

Cabe aclarar que hay generalmente dos clases de personas para las cuales las fórmulas de Friedman han resultado de una atracción poco menos que irresistible: se trata de teóricos en economía en primer lugar, y en segundo, grandes empresarios. Pero ambos, por motivos bien diferentes. Para muchos economistas teóricos, la atracción que producían las teorías de Friedman provenían de la sencillez de su recomendación: "Emita moneda al ritmo que usted crece". Además, el carácter universal de esta premisa básica acercaba, en la mente un tanto"distorsionada" de muchos profesionales en la materia, la economía a las ciencias duras: a la física y a la química, objetivo que muchos de los economistas más renombrados del siglo XX han perseguido, en la creencia de que una ciencia es más seria si logra encontrar fórmulas de aplicación universal al estilo de lo que la ley de gravedad es en la física.

Milton Friedman parecía proporcionar precisamente eso: una ley de aplicación universal al campo económico. Bien podríamos discutir si esta quimera, perseguida por muchos economistas, no es en el fondo nada más que un peligroso reduccionismo, dado que las ciencias sociales no se mueven con los mismos parámetros que las ciencias exactas.

Pero no todos quienes fueron atraídos por las teorías de Friedman lo hacían por esos motivos: una buena parte del establishment veía en la generación y en la aplicación de este tipo de teorías la posibilidad de derrumbar un gran número de trabas y regulaciones estatales en muchos países, pudiendo así ensanchar su base de negocios a zonas del planeta que permanecían ajenas a su actividad. Esto explica el alto perfil que alcanzaron las teorías monetaristas, a pesar de estar fundadas en los incorrectos supuestos de Adam Smith antes mencionados, y su presencia constante en los medios de comunicación, muchas veces propiedad de ese mismo establishment.

El hecho de que el establishment de los países desarrollados hiciera enormes loas a esas teorías, pero los gobiernos de esos mismos países desarrollados no aplicaran para sí las teorías monetaristas, no fue un obstáculo para que muchos de los más poderosos empresarios presionaran a gobernantes de países periféricos para que aplicaran las tesis de Milton Friedman. Un típico caso de ello fue el de la Argentina de la época de Martínez de Hoz, cuyo gobierno aceptó las presiones de buena parte del empresariado financiero internacional para producir la política económica de la era militar de Videla Martínez de Hoz(1).

(1) En viajes a la Argentina, y en traslados a EE.UU. de Martínez de Hoz, David Rockefeller le habría impartido órdenes en forma personal de los lineamientos básicos que la economía argentina debía observar. Se trata del mismo personaje que felicitó al ex presidente De la Rúa por el nombramiento de Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía en 2001, expresando a la prensa su beneplácito con la frase: "Cavallo sabe que hay que ajustarse el cinturón".

Mientras los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster permanecían ocultos para el gran público y apenas diseminados entre los propios profesionales en economía, teorías íntegramente basadas en los supuestos básicos de Adam Smith, y que Nash demostró que se hallaban equivocadas, como la monetarista de Milton Friedman, no sólo recibían una enorme difusión en los medios de comunicación, sino que además contaban con el beneplácito del establishment, y comenzaban a hacer estragos en países tomados como laboratorios, todo ello a pesar de que al basarse íntegramente en los presupuestos de Smith, de antemano los principales académicos de EE.UU. no podían desconocer que se trataba de teorías económicas fundadas en supuestos incorrectos, por lo que sus chances iniciales de éxito eran casi nulas.

Desde los años '60 hasta la fecha, la Escuela Monetarista y su hija directa, la Escuela de Expectativas Racionales, de Robert Lucas, han ocupado el centro de la escena en universidades, centros de estudio y medios de comunicación. La Escuela de Expectativas Racionales reduce aún más el papel para el Estado de lo que ya lo había hecho la Escuela Monetarista. Un país, según Lucas, no debe hacer nada más allá de cerrar su presupuesto sin déficit. Si el desempleo es de dos dígitos, no debe hacer nada. Si la gente literalmente se muere de hambre, no debe hacer nada. Un buen ministro -para esa escuela- debe dejar en "piloto automático" a la economía de un país, y sólo debe preocuparse de que el gasto público esté íntegramente financiado con recaudación de impuestos.

Robert Lucas, de profesión ingeniero, también en la Universidad de Chicago, tras una década de abstrusos cálculos matemáticos, basados íntegramente en la hipótesis fundamental de Adam Smith, llega a la conclusión de que cualquier país, en cualquier momento del tiempo, ni siquiera debe emitir dinero al mismo ritmo que crece. De esta manera, hasta la regla de oro de Milton Friedman es abolida por esta escuela cuyo auge intelectual se ubicó en la década del '80. La hipótesis fundamental de Robert Lucas es que el ser humano posee perfecta racionalidad y toma sus decisiones económicas sobre la base de ella. Esta hipótesis psicológica fue duramente criticada, pero Lucas y sus seguidores se escudaron en el razonamiento de que no hacía falta que cada uno de los operadores económicos fuera perfectamente racional, sino que sólo era necesario que el promedio de los operadores económicos se comportara con perfecta racionalidad para que sus teorías fueran válidas.

Esto implica transformar la hipótesis psicológica de la perfecta racionalidad en una hipótesis sociológica: se supone que los desvíos en la racionalidad humana, en una sociedad, se compensan entre si. Se trata, como se ve, de un supuesto exótico, rarísimo, pero a la vez tan central en la teoría de Lucas, que si se cae, nada en ella permanece en pie. Es extraño que esto haya ocurrido, sobre todo a la luz de los descubrimientos de otro economista, Gary Becker (Nóbel en 1992), quien descubrió matemáticamente que las preferencias individuales no son agregables (o sea, no puede obtenerse una función de preferencias sociales a partir de la adición de las individuales, dado que estas últimas no pueden sumarse). Con este descubrimiento Becker lanzó un verdadero misil a toda la denominada "teoría de la utilidad", que es la base subyacente en las teorías económicas de Chicago y termina de derrumbar mucho más que todo el aparato teórico de Chicago.

A pesar de ello, y como con Nash y Lipsey, los "científicos" que estaban creando las escuelas de Chicago no parecen haber efectuado acuse de recibo alguno. Para Lucas, todas las sociedades del mundo, en todo momento del tiempo, toman sus decisiones económicas con perfecta racionalidad. Las decisiones de consumo, ahorro, inversión se hacen, según Lucas, sabiendo perfectamente bien qué es lo que el gobierno está haciendo en materia económica. Por lo tanto, para Lucas y su gente, cualquier iniciativa estatal para cambiar el rumbo natural con el que una economía se mueve no sólo es inútil sino contraproducente. Es así que Lucas y su gente llegaron a la conclusión de que lo mejor que puede hacer todo gobierno del mundo en cualquier momento, en materia económica, es no realizar nada que no sea mantener el equilibrio fiscal.

Es difícil entender cómo puede ser que estas ideas, extrañas por cierto, hayan acaparado la atención de economistas y de los medios de comunicación de la manera que lo hicieron. En el caso específico de la Argentina, pertenecer a la corriente de la Escuela de Expectativas Racionales durante los años '80 y '90 se transformó, directamente, en una moda ineludible para muchos economistas. Cualquier economista que no perteneciera a esta corriente y que abjurara de ella era visto poco menos que como un dinosaurio. Nadie se preguntaba, y es muy raro que así haya ocurrido, cómo puede ser que la teoría económica de todo el planeta estuviera en manos de un ingeniero puesto a esbozar teorías psicológicas (disciplina alejadísima de la ingeniería), ultra especializado en matemáticas. Pero así ocurrió. Nadie sabe muy bien, tampoco, de dónde salió el argumento de que el promedio de cualquier sociedad se comporta de manera perfectamente racional. Si nos detenemos a pensar un minuto sobre todo esto, podríamos llegar fácilmente a la conclusión de que si estas teorías eran tomadas en serio por muchos de quienes eran considerados los más idóneos profesionales en economía, fue exclusivamente porque se habían elaborado en una universidad considerada muy prestigiosa. Sin el sello de Chicago, las teorías de Lucas probablemente hubieran causado hilaridad y hubieran mandado al ingeniero a construir puentes o edificios, en vez de intentar explicar cómo funciona la economía mundial y la psiquis promedio de toda sociedad. Para Lucas, entonces, si los gobiernos no se meten con la economía, ésta logra muy fácilmente el pleno empleo: todo es cuestión de que los gobernantes levanten todo tipo de restricciones a la competencia perfecta y cuiden que no haya déficit fiscal. Nada más que eso, y en forma mágica, se llega al pleno empleo.

Y no sólo al pleno empleo, sino también a los mejores salarios posibles para toda la masa laboral, de cualquier país del mundo, en cualquier momento del tiempo. La implicancia de esto es en el fondo grotesca: Lucas nos quiere hacer creer que la tasa de crecimiento demográfico en cualquier país iguala, en poco tiempo, la tasa de generación de empleo. Que es lo mismo que decir que la gente opta por reproducirse al mismo ritmo en que se ponen avisos clasificados en búsqueda de obreros y empleados en los diarios. Como se ve, una verdadera aberración, de tamaño supino, si se tiene en cuenta que además se transforma esa creencia en postulado universal. No es difícil entender por qué de la mano de Robert Lucas llegamos a una conclusión tan disparatada si consideramos que el ingeniero parte de hipótesis equivocadas tanto porque se basa en el individualismo de Adam Smith, como en hipótesis psicológicas sui generis.

Sin embargo, habría una forma de pensar que Lucas podía tener algo de razón. Ello se da si pensamos la existencia humana con un criterio malthusiano: Thomas Robert Malthus, ensayista inglés del siglo XIX, pensaba que mientras las poblaciones humanas se multiplican en forma geométrica, las subsistencias lo hacen sólo aritméticamente. Por lo tanto, la sobrepoblación era, para Malthus, el peor peligro que acechaba al planeta. De esta manera, las guerras, las hambrunas o las epidemias eran "sanos" métodos de corregir el fantasma de la sobrepoblación. Si bien el tiempo no dio la razón a Malthus, y la población mundial ha crecido increíblemente en los últimos dos siglos. A pesar de ello, el establishment norteamericano es un ferviente creyente de las ideas malthusianas. Baste con señalar que el obsequio que el presidente George Bush le hizo al presidente argentino Kirchner en su visita a Washington DC no fue otro que la principal obra de Malthus, llamada Un ensayo sobre el principio de la población, del año 1798.

El corolario de la teoría de Lucas es entonces que en forma universal la tasa de crecimiento demográfico iguala la tasa degeneración de empleo. Por lo tanto, dado que la tasa de crecimiento demográfico no es otra cosa que la tasa de natalidad menos la de mortalidad, si esta última es rápidamente variable, y la gente muere a medida que desaparece el empleo, o vive más si se le ofrece trabajo, podríamos ubicarnos casi siempre en una especie de "pleno empleo", según Lucas. Si se posee una filosofía malthusiana, es por supuesto mucho más fácil creer en la Escuela de las Expectativas Racionales.

¿Por qué el establishment, la élite norteamericana, es creyente de Malthus, aun cuando la realidad demostró que no estaba en lo correcto? Porque estiman que es sólo una cuestión de tiempo, hasta que Malthus esté en lo correcto. Como la energía del planeta está basada en recursos no renovables, lo que buena parte del establishment anglonorteamericano cree es que, a medida que el petróleo se agote, Malthus irá teniendo razón. Si no hay energía disponible para transportar los alimentos o para producirlos, una buena parte de la población podría estar destinada a desaparecer. Todo sería cuestión de determinar quienes, y para ello, la élite de negocios norteamericana usa la teoría de otro inglés famoso Charles Darwin. Darwin fue el creador de la Teoría de la Selección Natural. Esta teoría predica que las especies más aptas, que mejor se amoldan al medio, sobreviven y se reproducen, y las menos aptas perecen y se extinguen. Aplicar una combinación de las principales tesis de Malthus y Darwin a las sociedades implica adoptar una posición racista, en forma sistemática.

En lo que atañe al petróleo, elemento central en esa línea de pensamiento, muy poca información acerca de sus cantidades, distribución geográfica e ideas para reemplazarlo se suele divulgar en forma masiva en los medios de comunicación. Pensar en reemplazar la tecnología del petróleo por otra, desde el punto de vista económico, presenta más de un riesgo -que habrá que correr-. Requiere pensar la situación que puede desatarse en los mercados financieros con mucha anticipación, dado que un eventual reemplazante barato del petróleo podría poner en un riesgo elevado la salud financiera de los enormes pulpos petroleros y, por lo tanto, de los mercados financieros en su conjunto. Por otro lado, un reemplazante muy barato y abundante del petróleo podría sacar de forma inmediata de la pobreza a millones de personas.

Volviendo a la Escuela de Expectativas Racionales, si bien por obvios motivos ningún país desarrollado aplicó o aplica las tesis de Robert Lucas, Argentina sí lo hizo. El llamado "piloto automático", con el que se movían los ex ministros Cavallo, Fernández y Machinea, no era otra cosa que la admisión de que el Estado iba a desentenderse de la crisis de empleo que vivía la Argentina en los '90, y el mensaje que los argentinos recibían desde los medios de comunicación, en forma masiva, de parte de autoridades y de economistas presuntamente independientes, era que no había que hacer nada porque la situación del empleo se solucionaba sola. No es casual que Robert Lucas visitara la Argentina en 1996, invitado en forma especial por la principal usina de la Escuela de Expectativas Racionales de la Argentina: el CEMA, y hasta conociera al entonces presidente Menem en la quinta presidencial de Olivos, lo que marca hasta qué punto esta verdadera secta de la economía caló hondo en la Argentina.

Quien se pregunte por qué en la Argentina estas ideas han tenido mucha más aplicación que en otros países puede encontrar una respuesta al alcance de la mano desde los años '60, la Argentina padeció crónicamente altas tasas de inflación, y hasta llegó al exceso de padecer dos cortas hiperinflaciones en 1989. Dado que las teorías desarrolladas en la Universidad de Chicago, tanto la de Friedman como la de Lucas, venían etiquetadas como el más poderoso antídoto contra la inflación, los economistas argentinos adoptaron, en general, un sesgo mucho más pronunciado que sus pares de otros países del mundo a favor de las teorías de Chicago, sin ejercer el pensamiento crítico, simplemente porque esas ideas venían de Chicago. Muchos de los más conocidos de nuestros economistas incluso estudiaron allí, y luego han diseminado en la Argentina esas ideas. No es casual entonces que desde hace varios años este país ostente el raro récord mundial de desempleo y subempleo, los que, sumados, arrojan durante largos años guarismos superiores al 30%. Lo curioso del caso es que generalmente se enseña en las universidades de todo el mundo que la Escuela Monetarista surgió como una respuesta a las altas tasas de inflación que los elevados déficit presupuestarios causaban en vastas partes del planeta. Sin embargo, si se revisa la historia, se observa que en los años '50 e inicios de los '60 en Estados Unidos prácticamente no había inflación y en la gran mayoría de los países desarrollados las tasas de inflación eran relativamente bajas, de un solo dígito anual. Habría que cuestionar, entonces, el supuesto origen anti-inflacionario de las teorías de Chicago, dado que la inflación no era un problema en los países desarrollados en el momento en que estas teorías empezaron a surgir. Queda por ahora en la nebulosa, entonces, la verdadera causa de estas, teorías, precursoras en la realidad de la globalización. Cuando se gestaron, la inflación sólo era un problema grave en países envías de desarrollo. ¿Habrá sido acaso un gesto de filantropía del establishment norteamericano hacía los países pobres dedicar tantos recursos a la generación de "las escuelas de Chicago"?

En resumen de cuentas, desde al menos los años '50, la teoría económica se viene manejando de una manera no sólo muy poco profesional sino además acientífica, casi como si se tratara de la astrología o de alguna otra disciplina cuyos basamentos fundamentales no pueden explicarse racionalmente. Descubrimientos científicos de gran envergadura, cuya difusión hubiera podido cambiar la historia de la globalización y detener sus peores consecuencias, fueron prolijamente ocultados hasta a los propios economistas, mientras que teorías basadas de antemano en hipótesis probadas matemáticamente como falsas fueron diseminadas no solamente entre los profesionales en economía, sino también en los medios de comunicación, y hasta fueron aplicadas en los lugares del mundo en los que ello ha sido posible, donde había un ambiente receptivo favorable, como en América latina.

Se nos había enseñado que el sistema de universidades norteamericano era el más desarrollado del mundo, que su actitud hacia el conocimiento científico era frío e imparcial. Que la ciencia progresaba en estas universidades independientemente depresiones políticas y de conveniencias económicas y empresariales. ¿Cómo pudo ocurrir esto, entonces? Un detalle no menor que se debe tener en cuenta es que las dos escuelas mencionadas se originaron, desarrollaron y expandieron desde la Universidad de Chicago, recibiendo fuertes dosis de financiamiento de esa casa de estudios. El financiamiento no se detuvo sólo en pagar los elevados salarios de los investigadores que desarrollaban las teorías monetaristas y de expectativas racionales en ese recinto académico, sino que además también abarcó la costosa campaña de difusión de estas ideas en los medios de comunicación. Es necesario tener en cuenta que, aunque alguien pueda llegar a un descubrimiento tipo "pólvora económica", sin el dinero suficiente para diseminar esa idea en los medios de comunicación no hay forma alguna de que el conocimiento en cuestión tome estado público.

Es evidente, entonces, que ha habido poderosos intereses atrás de las teorías de la denominada Escuela de Chicago, que han constituido el basamento para lo que hoy es la globalización, aun cuando se trataba, ni más ni menos, que de un saber falso. ¿Qué intereses están atrás de la Universidad de Chicago? Pues bien, fue fundada por el magnate petrolero John D. Rockefeller I, creador además del mayor monopolio petrolífero del mundo: la Standard Oil. Esa casa de estudios superiores ha sido siempre un baluarte de la industria petrolera. Pero el control de una alta casa de estudios como la Universidad de Chicago por sí solo no hubiera bastado, en medio de un contexto intelectual muy independiente, para imponer las ideas de Milton Friedman y Robert Lucas de la manera en que se hizo. Si hubiera existido un contexto intelectual realmente independiente, habrían aparecido fuertes críticas a los supuestos psicológicos y sociológicos que el ingeniero Lucas introducía en sus teorías. ¿Por qué, entonces, el nivel de críticas que recibió la Escuela de Expectativas Racionales no llegó a ser muy importante? Pues bien, la industria petrolera no sólo fundó la Universidad de Chicago sino que controla, en forma directa o indirecta, al menos a las universidades de Harvard, New York, Columbia y Stanford, y además está presente en otras muchas universidades. Es usual que muchos de los directivos de estas casas de estudios superiores alternen tareas en empresas petroleras o en instituciones financieras muy relacionadas con dicho sector.

Precisamente por eso no debe llamar la atención tanto que las teorías clásicas de la economía y sus derivadas (Friedman, Lucas, etc.) den prácticamente un trato uniforme a todos los mercados, de todos los bienes, en todos los países y en todo momento, sin hacer distinción entre ellos. ¿Por qué? Hay bienes que se pueden producir y otros cuya capacidad de producción es limitada: hay recursos renovables y otros no renovables. Precisamente el petróleo es un recurso no renovable, por lo que su mercado es de características especiales. A pesar de ello, es una cuestión que escapa al tratamiento que se le da usualmente en la teoría económica: la teoría suele tratarlo como si fuera un mercado más. La cantidad de petróleo que hay en la Tierra es finita y limitada. Más aún si se tiene en cuenta que, al tratarse de la principal fuente de energía utilizada hoy en el planeta, una eventual brusca escasez no podría ser subsanada mediante el uso de otras fuentes de energía, al menos en forma rápida. Por lo tanto, los efectos de lo que ocurre en el mercado petrolero pueden trasladarse con fenomenal rapidez a todos los otros mercados. Pero los defectos de la Escuela de Chicago no se reducen a desconocer esto y a negar los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster. Es llamativo el hecho de que el propio producto, de características particulares, cuya explotación permitió la fundación de la propia universidad, y el control de otras tantas, es un bien que no fue tratado en la teoría de una manera especial al ser un recurso no renovable, por Friedman y Lucas, quienes tampoco tienen en cuenta que precisamente el petróleo es el bien cuyo mercado ostenta el mayor nivel de cartelización del mundo. Paradójicamente, entonces, quienes intentaron ejercer un verdadero oligopolio en el estratégico mercado de la energía fomentaron la creación y difusión de teorías económicas basadas en la libre competencia, la ausencia de regulaciones estatales, el paraíso del consumidor y la competencia constante entre sí de una enorme gama de productores que sólo tienen en teoría una ganancia exigua que realizar.

Ahora comenzaba a quedarme más claro por qué, y debido a quién es, el principal descubrimiento de Nash había permanecido bastante oculto y, al mismo tiempo, aparecía como un enigma el verdadero estado de situación del mercado petrolero, sobre todo a la luz de las guerras ocurridas en el siglo XXI.

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2. EL PROBLEMA DEL PETRÓLEO

El mundo se divide en tres categorías de personas: un pequeñísimo número que hace producir los acontecimientos; un grupo un poco más importante que vigila su ejecución y asiste a su cumplimiento, y, en fin, una vasta mayoría que jamás sabrá lo que en realidad ha acontecido.

Nicholas Murray Butler.

Miembro del Council on Foreign Relations.

El petróleo no es precisamente un tema cuyo análisis despierte la pasión de multitudes. Generalmente, se entiende que es un tema para especialistas, demasiado técnico, con aristas muy económicas. Por esta causa, la relativamente poca cantidad de material bibliográfico que surge acerca del mercado energético mundial suele ser desechada aun por el público más ávido de información, debido a la aridez del tema. Quizá, cuando concluya este capítulo, comience a ser muy diferente la visión del lector en esta materia.

Una cosa de la que no tomamos adecuada conciencia es que la vida entera podría ser analizada desde un punto de vista de transformación de la energía. Cuando comemos, o nos vestimos, o desarrollamos cualquier actividad diaria, no estamos haciendo otra cosa que procesar energía. Cuando, por ejemplo, saboreamos un plato de pastas, lo que estamos comiendo, y por lo tanto lo que refleja su valor monetario, no es otra cosa que la semilla de trigo, más el trabajo utilizado en todas las etapas de producción, más el gasoil que se usó para cultivar los campos, más el petróleo que se empleó para trasladar la semilla a la industria molinera, más el combustible utilizado para transformar eso en harina, más la cantidad de energía, mayoritariamente concentrada en hidrocarburos, destinada a los procesos de packaging, marketing, distribución mayorista y minorista. O sea, el componente energético, en forma de hidrocarburos, es un factor muy relevante dentro del costo total del producto. Si a su vez tenemos en cuenta que los salarios abonados por el trabajo se gastan también en consumo de energía, debemos concluir -y no es sólo una paradoja- que la energía mueve al mundo. Similar razonamiento podríamos hacer sí analizáramos, por ejemplo, la salsa de ese plato de pastas -sin importar qué elementos estén en ella-, el vino, la gaseosa o el agua mineral que estemos consumiendo. La vida es imposible sin energía; la vida urbana se transformaría rápidamente en caótica si hubiera un corte brusco sin rápido restablecimiento de los flujos energéticos. Baste recordar el caos que a veces produce un mero apagón transitorio para tener en cuenta la real dimensión de este tema en caso de que una teórica escasez en la fuente del mercado energético pudiera impedir, entre otras cosas, que los alimentos entren a las ciudades.

Hay otra manera de ver este mismo tema: el sistema de precios y salarios de toda sociedad, lo cual implica en síntesis el nivel de bienestar que podemos alcanzar cada uno de nosotros, gira en torno a lo barata o cara, escasa o abundante, que sea la energía que interviene en los procesos productivos. Si volvemos al ejemplo del plato de pastas, éste resultará tanto más caro cuantas más dosis de unidades de energía requiera su elaboración, y cuanto más escasa y cara sea esa energía.

Ahora puede quedar claro, entonces, que al hablar de energía no nos referimos a un mercado más o a un bien común y corriente, fácilmente sustituible por otro, sino que hablamos de supervivencia. Si muchas veces no nos ponemos a pensar en estas cuestiones es porque, salvo en contadas ocasiones, no hemos padecido graves problemas para hacernos de la energía necesaria para vivir y consumir los bienes que deseamos. Queda claro, entonces, que no da lo mismo que las fuentes energéticas estén basadas en recursos renovables o no renovables. Los recursos no renovables están destinados a agotarse y, si no dan lugar con el paso del tiempo a otro tipo de recursos que los suplanten, puede comenzar un proceso que no hemos vivido nunca en nuestras vidas: una lucha mucho más dura por la supervivencia. Jeremy Rifkin menciona muy bien en su obra La economía del hidrógeno que las civilizaciones que no tratan en forma cuidadosa las fuentes y cantidades de energía disponible se extinguen. Si hablamos en términos de cultura, extinguirse implica una más rápida o más lenta muerte masiva.

La inteligencia del hombre ha sido capaz de generar asombros científicos incomparables: se ha llegado a la fórmula y la posible manipulación del genoma humano, hace más de tres décadas se llegó a la Luna, nos podemos comunicar en forma instantánea con alguien en otra parte del planeta prácticamente sin costo, y se puede dar la vuelta al mundo en horas cuando hasta hace un par de siglos demandaba meses. A pesar de todo este enorme progreso, la energía con la cual nos movemos, y movemos todos los bienes, es básicamente la misma que se usaba hace un siglo y medio, es un recurso no renovable, escaso, contaminante y que ha ocasionado terribles guerras, varias de ellas recientes.

¿No ha sido el hombre capaz de crear un sustituto? Dos grandes firmas automotrices están haciendo ensayos preliminares para que el combustible de sus automóviles sea el hidrógeno. De todas maneras, se trata de algo aún muy incierto en el tiempo y con escasa o nula programación estatal en la materia. O sea, no hay planes gubernamentales importantes para fomentar que el petróleo sea reemplazado por un recurso energético renovable. A mediados del 2003, tras la guerra con Irak, George W. Bush continúa dilatando la decisión acerca de la licitación entre universidades norteamericanas para estudiar en forma hipotética cómo desarrollar la tecnología del hidrógeno. Por lo tanto, si han sido creados sustitutos de los hidrocarburos fósiles, con buenos resultados, permanecen en el anonimato. No es nada improbable que los enormes intereses que hay detrás del oligopolio mundial petrolero hayan provocado su silenciamiento. Cuando hablamos de monopolio u oligopolio mundial petrolero debemos referirnos ineludiblemente a las empresas derivadas de la antigua Standard Oil, compañía creada luego de la guerra civil norteamericana por el ya mencionado John D. Rockefeller I.

Haciendo un poco de historia

Rockefeller, en muy poco tiempo, se transformó en un tácito monopolista de la industria petrolera norteamericana. Llegó a concentrar en sus manos el 95% de la exploración, explotación, distribución y venta minorista de gasolina en EE.UU. Siempre pensó que el negocio petrolero debía estar integrado en forma vertical, o sea, una misma firma debe controlar todas las etapas de producción. Y que la clave del negocio en sí mismo era tener bajo su órbita el proceso de distribución, por lo que llegó a obtener un acuerdo con importantes descuentos con los ferrocarriles que controlaba JP Morgan, acuerdo que resultó a la postre ruinoso para todos sus competidores, a los que uno a uno fue desplazando del mercado, muchas veces mediante la aplicación de métodos semicompulsivos o compulsivos. Ese accionar empresarial, carente de preceptos morales, o de códigos, era común en la decena de empresarios que comenzó a controlar la economía norteamericana tras la muerte de Abraham Lincoln. Se trataba de empresarios profundamente odiados por la población en su conjunto, por lo que ya en aquella época fueron bautizados The Robber Barons (Los Barones Ladrones), expresión que quedó a través de los tiempos, y con la cual aún hoy muchos los recuerdan, a pesar de la acción de una cantidad de biógrafos a sueldo que, con el transcurso de las décadas, la falta de conocimientos reales de historia del pueblo norteamericano y el paso de las generaciones, ahora intentan mostrar un pasado mucho más rosa. Por ejemplo, en su voluminosa biografía de John D. Rockefeller I, el historiador oficial con que hoy cuenta la élite norteamericana, Ron Chernow, titula la biografía de John D. Rockefeller I con el nombre de Titán, y lo representa como un personaje ambivalente. En cuanto a biografías, es necesario mencionar que aquellas que citaban con más detalle algunos de los actos de crueldad y barbarie atribuidos al clan han desaparecido casi por completo del mercado bibliográfico, al punto que han caído en el olvido episodios tales como la masacre de Ludlow, cuando gente propia de Rockefeller en 1913 mató a mujeres y niños por plegarse a una huelga de la Colorado Oiland Fuel, empresa propiedad de esa familia. Incluso las recientes biografías para televisión que realizaron tanto History Channel como PBS muestran a Rockefeller, el primer billonario del mundo, casi como un altruista, un poeta, cuando el saber popular recuerda que sus asesores le recomendaban darle algunas monedas a los niños pobres cuando había fotógrafos cerca, lo que no se le ocurría al propio empresario, cuya máxima ambición en la vida, además de juntar dinero y poder, fue llegar a cumplir 100 años, de lo que estuvo muy cerca, al morir en 1937 a los 98 años de edad.

El odio popular a los Robber Barons era en aquellas épocas enorme. Se trataba cada vez más de una casta monopolista en sus diferentes actividades, de un verdadero equipo que se ayudaba solidariamente entre sí, cuyos vástagos se casaban entre sí a fin de que no se diseminaran las fortunas familiares. Si bien un siglo antes Adam Smith había comenzado a idear la tesis del individualismo como base de la competencia perfecta, quienes detentaban el poder económico en Estados Unidos a fines del siglo XIX constituían en realidad una verdadera corporación. Tan corporativo y concentrado era el poder económico que en 1890 el gobierno norteamericano se vio en la obligación de dictar la llamada "Ley Sherman", legislación antitrust, que tardó 21 años en ser aplicada para el caso del petróleo. Recién en 1911 se ordena la división de la Standard Oil, que pasa así a fracturarse en una serie de empresas más pequeñas estaduales, pero que siguieron durante muchísimo tiempo constituyendo un monopolio en las sombras debido a una conjunción de factores. En primer lugar, el clan Rockefeller recibió un porcentaje de acciones de cada una; en segundo lugar, las particulares condiciones de la Bolsa norteamericana, donde el capital accionario está singularmente atomizado, hacen que con una pequeña fracción del total de las acciones se pueda controlar toda la empresa, sus políticas comerciales y financieras, y hasta el nombramiento de los directores. Los propios bancos relacionados desde fines del siglo XIX con el clan Rockefeller facilitaron que la desmonopolización haya sido sólo un intento vano: una ley presuntamente cumplida, tras la cual hay un monopolio en las sombras. Este proceso se agudiza cuando comienza a proliferar una inmensa gama de fondos de pensión e inversión, en los que la población norteamericana coloca sus ahorros y los fondos para su jubilación. Estas entidades, muy relacionadas con los bancos, han invertido ingentes cantidades de fondos en comprar aún más acciones de estas empresas. Como estos fondos de inversión y pensión en muchos casos son propiedad de los bancos de la élite norteamericana, o están relacionados con ellos, ésta ha encontrado una "pócima mágica" no sólo para seguir controlando lo que antes eran monopolios dirigidos de manera unipersonal sino para ejercer su dominio sobre muchos otros sectores a los que no hubiera podido acceder si no se hubiera dado esta singular forma de estructura financiera que existe aún hoy en WallStreet. Poseyendo el 5 o 10% de una empresa, y administrando otra parte, aun cuando no sea de fondos propios sino con los ahorros de la gente invertidos en bancos y fondos de pensión e inversión, se puede controlar totalmente un mercado tan estratégico como el energético.

El caso del clan Rockefeller es quizás el principal emblema, pero no el único. Durante buena parte del siglo XX, el monopolio petrolero anglonorteamericano fue rebautizado como "The Seven Sisters" (Las Siete Hermanas). Pero el proceso de gran concentración del capital vivido en la década del 90 ha hecho que se dejaran de guardar las apariencias y las empresas petroleras volvieran a fusionarse. De seguir a este ritmo, ya poco faltaría para volver a la primitiva Standard Oil. En efecto, la familia Rockefeller controla los conglomerados petrolíferas Exxon Mobil, Chevron Gulf Texaco y Amoco British Petroleum. También le corresponde, por ejemplo, y entre muchos otros intereses petrolíferos en el resto del mundo, una proporción muy importante en el petróleo que Repsol posee en la Argentina dado que Aznar vendió en 1997 acciones de Repsol en la Bolsa de Madrid y fueron compradas nada menos que por el Chase Manhattan Bank.(1) Este banco, también controlado por la familia Rockefeller, adquirió recientemente al JP Morgan, al Chemical Bank y al Manufacturers Hannover. Desde hace

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5 Mayo 2012

la siguiente fotografia muestra la sala de vistas de la CORTE DE CONSTITUCIONALIDAD DE GUATEMALA en la cual se realizo la audiencia en la cual los nacional guatemaltecos buscamos que la corte declara inconstitucional un articulo de la ley de reconciliacion nacional que protege a la DELINCUENCIA TERRORISTA DE GUATEMALA Y NO PERMITE QUE ESTA SEA JUZGADA POR EL GENOCIDIO QUE COMETIO CONTRA EL PUEBLO DE GUATEMALA, LOS ASESINATOS,  LOS ROBOS LAS TORTURAS Y  TODA UNA SERIE DE ACCIONES  INCREIBLES DE BRUTALIDAD COMUNISTA.

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28 Febrero 2011

LA RELIGION DE LOS DERECHOS HUMANOS.

Primera en aparecer, en 1776, bajo la forma de la Declaración de Independencia, la versión americana de la ideología de los derechos humanos hace más hincapié en la búsqueda por el hombre de la felicidad, en el derecho del individuo a resistir a toda soberanía que obstaculizaría su "libre árbitro" y su placer, que en los derechos políticos del ciudadano. La Constitución americana refleja esta concepción del Estado de Derecho: los gobernantes tienen por principal objetivo la garantía de los derechos humanos. La finalidad asignada a la política es permitir que los hombres gocen, en seguridad, de sus bienes. Tal filosofía, que se inspira directamente en los hedonistas anglosajones y en los topicos del Segundo Tratado de Locke, presenta ya los fundamentos doctrinales del Estado benefactor occidental moderno, para el cual la gestión de la "felicidad pública" (common good) prevalece sobre la dirección política del destino de la nación. En este sentido, si la Revolución francesa fue fundadora de una "nación", la Revolución americana lo fue de una "sociedad", instancia despolitizada, dónde lo cotidiano y no la historia pasa a ser, como dice Baudrillard, el "destino social".


En esta sociedad (podemos también hablar de "Sistema", en comparación con las ideologías políticas de los pueblos), la filosofía de los derechos humanos tiene por vocación de convertir al mundo entero. Mientras que la concepción rousseauista del derecho de la Revolución francesa profesaba un universalismo político, que pretendía convencer a los otros pueblos de organizarse cívicamente bajo el régimen representativo de la "nación soberana", sin que la política o la historia fuesen suprimidas, la filosofía americana de los derechos humanos marginaliza estas dimensiones históricas y políticas: el universalismo no es político, toma matices de cruzada social; determina, para todos los hombres, más allá de sus culturas particulares, un ideal universal (libre-arbitro, felicidad individual, etc) y asigna a todos los Gobiernos de la Tierra la misión de satisfacerlo y en consecuencia de cumplir con sus exigencias existenciales. Esta extravagante pretensión, que se encuentra hoy formalizada como compromiso jurídico internacional por la Declaración universal, traduce la influencia bíblica muy profunda que se ejerció sobre los juristas americanos. Los Estados Unidos se creen implícitamente los depositarios de lo que un sociólogo americano llama "el Arco de las libertades del mundo". Se detectan en la concepción americana de los Derechos, además de un jusnaturalismo (creencia en "derechos naturales") dogmático, el sentimiento "de la elección divina" de los Americanos cuyo destino providencial sería el de un nuevo pueblo judío. No es asombroso, en estas condiciones, que en cuanto se alejaron de su preocupación las guerras exteriores, los Estados Unidos de Jimmy Carter hayan encontrado naturalmente en la cruzada por los derechos humanos el eje principal de su acción y de su "misión" internacional.

Es necesario hablar bien de "misión", y no de política, en la medida en que ésta supone un poder cuyos constituyentes americanos, impregnados de biblismo, en rebelión contra el rey de Inglaterra, no pensaban sino en limitar las prerrogativas "históricas", en favor de subordinarlo a la economia y a la teologia.

En la Declaración de Independencia (Filadelfia, 4 de julio 1776), se encuentra en efecto esta fórmula reveladora: "consideramos como verdades evidentes que los hombres nacen iguales; que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (individuales); que se instituyó a los Gobiernos humanos para garantizar estos derechos."

En el idéologèma de la felicidad, la versión americana de los derechos humanos incluye este concepto, formulado en Hobbes, Locke o Rousseau, en el que el individuo constituye la unidad básica de la vida. Tal idea, hoy rechazada por las ciencias sociales y por la etologia, proviene, como lo mostraron Halbwachs y Baudrillard, de la transposición política del dogma cristiano de la salvación individual. El destino colectivo e histórico se encuentra puesto entre paréntesis, negado, en favor del destino existencial del individuo. Mientras que la práctica religiosa garantizaba a este destino individual una realización trascendente, tolerando en el tiempo la historia humana, con la laicización del cristianismo fueron los derechos humanos los que se volvieron los instrumentos de la realización immanente de ese destino.

Para Hobbes, en quien se inspiró Rousseau, la sociedad es un "ser artificial" (Léviathan, CH XXI). Los derechos humanos constituyen, en el autor del Discurso sobre el origen de desigualdad, el medio para liberarse de la dependencia de los hombres (beneficiándose al mismo tiempo de las ventajas de la vida en sociedad), idea que se encontrará en Jean-Paul Sartre. Rousseau admitía sin embargo la permanencia de la lucha "insuperable" contra la dependencia de las cosas. Pero la filosofía de los derechos humanos, prosiguiendo las concepciones lockianas, pretende liberar al hombre de la dependencia de las cosas. Los derechos deben garantizar la felicidad que es concebida como sosiego económico y psíquico, liberación de las dificultades fisiológicas y materiales, y no solamente políticas. Este deslizamiento hacia una concepción radicalmente pasiva de la existencia social señala paradójicamente la perversión de todo derecho. La función de los derechos humanos no es jurídica; ejerce una función suprema de legitimación del Sistema comercial occidental.

Como lo mostramos anteriormente, la civilización comercial, seguida en eso con algún retraso por la sociedad soviética, está caracterizada por la extensión de subsistemas racionales y técnicos de actividad. Una dirección política ya no mantiene la cohesión del grupo sino, como lo mostró Max Weber, por medio de una autorregulación descentralizada de carácter tecnócratico. El consenso social se basa en la adhesión práctica y espontánea de los individuos a un estilo de vida del que ya no pueden prescindir, adhesión que opera en los subsistemas (la empresa, el medio profesional, el universo del automóvil, el domicilio, el mundo del ocio, etc), y no en el conjunto de la sociedad. Para legitimar su soberanía, el Sistema no necesita pues ya un discurso político que atraiga la adhesión, ni de mitos movilizadores nacionales. De ahí la déspolitización y la desnacionalización de la sociedad civil, lo que Weber llama su "secularización". La validación de las estructuras sociales por argumentaciones políticas o "tradiciones indudables" cede el lugar a una validación por ideologías económicas y pragmaticas, como lo mostró Louis Dumont, o éticas privadas que justifican un estilo materialista de vida; estas últimas copian el aspecto mecanicista y economista del sistema internacional que trata de legitimar, y que, como lo vieron Weber, Gehlen, Schelsky y Heidegger, está basado en una interpretación de la ciencia y la técnica como actividades racionales y necesariamente orientadas hacia la obtención de la felicidad (económica) individual.

Las ideologías modernas del sistema comercial van, pues, mundialmente, a valorizar estos dos idéologèmas-clave de la racionalidad y la felicidad. ¿Pero dónde van a encontrar, superando sus diferencias, el punto común donde puedan converger, el "cobertizo" que legitimará estas dos ideas? En la filosofía mundial de los derechos humanos, precisamente, que funciona también como legitimación suprema y sintética del sistema comercial. Solo será pues al final del siglo XX que esta filosofía, que transporta la visión mecanicista del mundo del siglo XVIII, encontrará su aplicación práctica.

Otra ventaja de la ideologia mundial de los derechos humanos es que oculta la impotencia y la insignificancia del discurso político de las esferas dirigentes, las cuáles, en efecto, como proceden por medio de una gestión autoritaria de la sociedad-economia, no tienen más discursos ideológicos coherentes que correspondan a una legitimación democrática práctica. Por otra parte, un discurso muy tecnócratico seria mal recibido. De ahí la necesidad implícita, o incluso inconsciente de recurrir a un discurso sintético que recupera, por medio de grandes principios, la idea democrática. Un discurso sintético, es decir, un humanitarismo vulgar, que mezcla y simplifica la moral del cristianismo, del liberalismo y del socialismo. Como lo observa Habermas, "la solución de los problemas técnicos escapa al debate público, que (...) correría el riesgo de poner en cuestión las condiciones que definen el sistema" (1).

La filosofía de los derechos humanos presenta otras ventajas: legitima la desaparición progresiva de las especificidades etnoculturales, siempre problematicas para el poder establecido, validando la mejoria economica del nivel de vida como ideal oficial y "éxito indudable" del Sistema; tal es el sentido, por ejemplo, de las recientes declaraciones internacionales sobre los "derechos económicos y sociales". Del mismo modo, los temas relativos a los "derechos a la diferencia" solo están allí para neutralizar la idea de diferencia etnocultural, marginalizandola como derecho secundario a una diferenciación subcultural. El ideal antihistórico de los derechos humanos, común a los liberales y a los filósofos de la escuela de Frankfurt, trae también, como lo formuló ingenuamente Habermas (2), una "perspectiva de nivelación y satisfacción en la existencia". Tal perspectiva, incompatible con toda especifidad cultural, nacional o política viva y movilizadora, intenta hoy imponerse como mito mundial.

Mito paradójico: se considera a si mismo como racionalidad y moralidad pura, y declina al mero bienestar económico, pero pretende al mismo tiempo actuar efectivamente (por medio de topicos negativos donde se condenan las "tiranías" y no por medio de movilizaciones positivas). Así pues, como hecho novedoso, el derecho toma las funciones del mito. ¡Suprema paradoja de este siglo! Este fenómeno se produce a escala planetaria y, si falla, su quiebra dejará un vacío planetario, el de la ilegitimidad global de toda una civilización, que habría intentado reconciliar el derecho, al pensamiento positivo, recurrente, memorizado y normativo, con el mito, pensamiento irracional, proyectado, emocional. Bonita utopía.

Si la filosofía contemporánea de los derechos humanos señala el punto de convergencia de todas las corrientes de la ideología igualitaria, no es solamente porque el Sistema necesita una legitimación teórica suprema; es también porque el tema de los derechos humanos constituye un aspecto histórico común del pasado de todas esas ideologías, y que a ese respecto, las reúne en un momento en el que tienen necesidad. Liberalismos y racionalismos de tradición anglosajona o francesa, socialismos reformistas, kantianismo, marxismo (por medio del hegelianismo), cristianismo social, todas estas corrientes pasaron, en "la historia de su gran relato ideológico", para emplear la expresión de Jean-Pierre Faye, por el idealismo racional de los derechos humanos. Incluso el cristianismo integrista, que no rechaza los fundamentos del derecho natural canónico, puede tambien unirse a ellas.

De ahí proviene la regresión intelectual, el retorno teórico de la inteligensia occidental a los derechos humanos que, por las concepciones que tienen, corresponden finalmente a las necesidades de legitimación de una civilización planetaria economista y mecanicista.

En el momento en que esta civilización controvertida por todas las partes (excepto en la vida de sus subsistemas) no encuentra ideología política para legitimarse, los derechos humanos son los unicos con poder establecer un consenso en la forma de un pequeño denominador común ideológico.

Esta simplificación ideológica es acentuada por las deformaciones que hacen sufrir a todo discurso los mass-media de comunicacíon internacionales. Aparece entonces una especie de dogma, revelado en la prensa, sobre las ondas, en la televisión, etc. Una verdadera "religión" de los derechos humanos inunda el Sistema, en la forma de filosofía emocional y simple; es su sistema sanguíneo, su alimento espiritual.

En este sentido, solamente la filosofía de los derechos humanos podía agrupar a unainteligensia occidental sollozante, desde una decena de años, por el desmoronamiento de su discurso teórico y el hundimiento de sus modelos sociales. Que marxistas o socialistas revolucionarios, cuya familia de pensamiento había pretendido superar la fase "del idealismo pequeño-burgués" (Lennin) y del "formalismo" (Marx) de los derechos humanos, vuelvan de nuevo a su defensa, es la evidencia de un retroceso teórico del pensamiento igualitario. Este retroceso, esta regresión ideológica, coinciden por otra parte con el paso del igualitarismo de una fase dialéctica, inaugurada en los siglos XVII y XVIII, y caracterizada por la inventividad y el auto-rebasamiento intelectuales, donde la formulación de las ideas precedía su aplicación política y social, a una fase sociológica, en la cual la difusión social y comportamental masiva de las formas de vida igualitarias y el triunfo del tipo burgués han producido la decadencia de las formulaciones ideológicas revolucionarias y el retorno a una sensibilidad humanitaria. Los hechos sociales controlan entonces las ideas, que se simplifican y adoptan la forma que les imponen los medios de comunicación y las normas de bronce de un periodismo mundial. Al triunfar, la ideología igualitaria deja poco a poco de ser inventiva; tiende a homogenizarse y a masificarse. La filosofía de los derechos humanos, como discurso de una burguesía planetaria y sentido de su proyecto, constituye la forma axial de esta masificación de las ideas.

Las trayectorias intelectuales de antiguos izquierdistas, hoy agrupados en la Universidad de Vincennes en torno al grupo "Dire", de antiguos situacionistas, las de Henri Lefebvre, de Bernard-Henri Lévy, de André Glucksmann, para no hablar de las de Jean-Paul Sartre o de Maurice Clavel, corroboran este cambio, esta "Unión consagrada" en torno a una nueva religión de los derechos humanos que habría hecho sonréir a los gurúes "antiburgueses" de los años sesenta. Ciertamente, se dirá que esta reagrupación en torno al mismo discurso de todas las corrientes igualitarias es acentuada por la decepción de los ex-revolucionarios ante los fracasos de sus modelos (la URSS, Cuba, Camboya, etc), pero se puede también pensar que ha sido acelerada por la aparición de un adversario común detectado a través de la reciente presencia, en varios países de Europa, de una corriente teórica y cultural no igualitaria y "suprahumanista", sumariamente calificada por Maurice Clavel de "neopaganismo"...

Significativas son a este respecto las trayectorias convergentes de las ideologías cristianas y marxistas que, partiendo de una oposición al humanismo de los derechos humanos, llegan hoy a colocarlo en el centro de sus tesis.

El cristianismo católico, en particular, combatió durante mucho tiempo la filosofía de los derechos, no sobre el fondo sino sobre la forma, acusándola fundar el derecho natural sobre "el orgullo del hombre", sobre principios profanos, y no desde una moral revelada por Dios.

El cristianismo moderno, que se separa de la fe religiosa y la teología clásica, no tiene necesidad, para laicizarse, de recurrir a otros fundamentos que los del propio evangelio. Hay una moral civil sentada sobre el derecho natural y la superioridad del individuo en la Biblia. Por ello, los temas de los derechos humanos le parecen perfectamente admisibles, lo que no era el caso a principios de este siglo. El padre Michel Lelong veía incluso recientemente en la adhesión a los derechos humanos un criterio de juicio de las familias de pensamiento, más importante que las posiciones sobre la religión. Explicaba que importaba poco que se fuese ateo o creyente con tal que se creyera en los derechos humanos. (3)

En la tradición marxista, que distinguía entre "libertades formales" (burguesas) y "libertades reales" (socialistas), los derechos humanos se rechazaban como una fase histórica pasada. Marx lanza en el Manifiesto su famoso anatema: "Su derecho no es más que la voluntad de su clase (burguesa) manifestada en la ley". Los marxistas modernos, mucho menos revolucionarios que sus grandes antepasados y más preocupados con la conveniencia humanista, dudan en renovar esta condena del derecho burgués como discurso de legitimación económica.

La crítica del "derecho humanitario burgués" no es realizada más, desde que la revolución se sospecha de quienes se oponen a la "felicidad." Este abandono del antihumanismo no fue iniciativa de Roger Garaudy o del pensamiento publicitario de Henri Lefebvre. Como en otros temas, los intelectuales franceses vuelven a copiar evoluciones conceptuales ya realizadas en otra parte. Fue en realidad la escuela de Frankfurt y su más famoso representante, Max Horkheimer, quien inicio el retorno desengañado y doloroso al humanismo de los derechos humanos, que será reanudado más tarde por la inteligensiaoccidental de izquierdas, cuando no marxista.

En 1937, como buen marxista ortodoxo que era aún, Horkheimer escribía: "la creencia idealista en un llamado a la conciencia moral que constituiría una fuerza decisiva en la historia es una esperanza que sigue siendo extranjera al pensamiento materialista" (4). En 1970, después de haber sido chocado por la experiencia estalinista, el mismo Horkheimer escribía: "Antes, deseábamos la revolución, pero hoy nos dedicamos a cosas más concretas (...) la revolución conduciría a una nueva forma de terrorismo. Es mejor, sin rechazar el progreso, conservar lo que se puede considerar de positivo, como, por ejemplo, la autonomía de la persona individual (...) debemos más bien preservar, entonces, lo mejor del liberalismo." (5)

Así pues, para Horkheimer que, significativamente, fue el más profundo de los pensadores marxistas del siglo XX, el materialismo histórico, el liberalismo burgués y el cristianismo deben unirse, ya que tienen el mismo discurso y defienden la misma trilogía fundamental: individualismo, felicidad (o salvación), racionalidad.

Este acuerdo en torno a un mínimo ideológico, es pues, paralelo a la voluntad de extensión de esa ideología a todo el Sistema occidental, a toda la "americanosfera". Una única sociedad, una única cultura, un único pensamiento. 


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28 Febrero 2011

PORQUE RECHAZO EL COMUNISMO.

.-siguientes 10 son algunas de las características del totalitarismo marxileninista hacia el cual pretenden arrastrarnos aunque lo oculten tras el hipócrita maquillaje pseudofilantrópico, moderado y falsamente democrático:

01.- No reconoce derechos naturales, anteriores y superiores al Estado.

02.- El Estado omnímodo absorbe los derechos individuales y las libertades fundamentales. Procura instaurar un dios-Estado, un Moloch, ante quien deben sacrificarse los derechos y las libertades.

03.- Considera que la familia debe ser destruida por tratarse de una "institución burguesa inventada por la Iglesia".

04.- Induce a la identificación estado-gobierno-partido. El poder del estado carece de límites. A los órganos de gobierno les otorgan los más amplios poderes en el marco de una competencia imprecisa. Es la situación diametralmente opuesta a la del Estado de Derecho.

05.- Justifica, defiende o aplaude a los regímenes de partido único que combaten a sangre y fuego toda forma de oposición real o eventual.

06.- Busca sustentarse en el mito de la liberación del proletariado. Lo medular de su agitación propagandística, para captar incautos, gira en torno a este mito.

07.- Deliberadamente avanza hacia la instalación de un “gobierno de fuerza” (antagónicos al tipo de los “gobiernos de opinión" que son los que se apoyan en el consentimiento de la población libremente expresado).  Se propone instaurar la "Dictadura del proletariado” que es “la dominación NO restringida por la ley y basada en la fuerza".

08.- Desconoce toda ley divina, natural o humana que impida el odio de clases y la “violencia revolucionaria” a las que rinden culto como “partera de la historia”.   Sin escrúpulos, aplican los más brutales métodos de acción y promueven revoluciones y crímenes. Dicen que "Todo lo que contribuya a la rebelión es moral."

09.- Edifica un estado-gobierno-partido militantemente ateo y francamente hostil para con la religión en general y con la Católica en particular (Lenin: "Dios es el enemigo personal de la sociedad comunista". Carta a Gorki, dic.1913, "Le marxisme-laninisme", J. Ousset, p.132) y, por tanto, declara la guerra a la misma idea de Dios y combate a la religión, a la cual califica como "opio de los pueblos".

10.- Niega la legitimidad del derecho de propiedad.  (Marx y Engels confiesan en el “Manifiesto Comunista”: “Podemos resumir nuestra doctrina con esta proposición: abolición de la propiedad privada”).  Importa tener presente que el derecho de propiedad se origina en la libertad del hombre y reposa en ella. Por tanto, la abolición de la propiedad privada implica la negación de la misma libertad. Conculcada la propiedad, todos los derechos individuales quedan sometidos al arbitrio despótico del Estado y terminan por desaparecer.

 

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